Callo, miro… y ahora también me río un poco
Hay un defecto que arrastro desde joven y que nunca he sabido si llamar virtud o condena: observo en silencio. Callo y miro. Una especie de deporte extremo, pero sin adrenalina y con bata.
Lo aprendí en la consulta de primaria, después de años viendo entrar por la misma puerta a niños, madres, padres, abuelos y preocupaciones que, como los yogures, tenían fecha de caducidad: algunas duraban cinco minutos, otras hasta que se servía el café. Más tarde afiné la técnica en los paliativos pediátricos, cuando la especialidad todavía no existía y aprendíamos de quienes ya llevaban kilómetros recorridos: los equipos de paliativos de adultos. Ellos nos sostenían mientras nosotros intentábamos entender cómo trasladar aquel modo de cuidar a un niño y a su familia. De aquellos años se me quedó pegado el hábito: mirar más de lo que hablo. Un superpoder discreto.
No pensé que volvería a serme tan útil, ni de una manera tan distinta, hasta que crucé la puerta de un centro sociosanitario no como médico, sino como yerno. Es curioso cómo cambia la mirada según el lado de la puerta en el que uno esté. Durante años fui yo quien entraba en las casas para evaluar, organizar, decidir qué necesitaba aquella familia o poner nombre a algo que todavía no lo tenía. Ahora entro en un pasillo ajeno, con la bata colgada en el armario, y soy uno más de los que acompañan y esperan. Un civil. Un muggle sanitario.
Pero el viejo hábito sigue ahí. Observo.
Veo, por ejemplo, el ritmo. Un centro sociosanitario tiene un tiempo propio, distinto al del hospital y distinto al de una consulta. No parece haber prisa, aunque a veces la haya. Hay pasillos que se recorren despacio, sillas de ruedas detenidas frente a un ventanal, una televisión encendida que nadie mira del todo (quizá porque todos sospechan que la programación es la misma desde 1998). Hay que esperar para levantarse, para ir al baño, para llegar al comedor, para volver a la habitación. Quizá una de las cosas que uno descubre al envejecer es que necesita más tiempo precisamente cuando el mundo parece dispuesto a concederle menos. Una ironía más del catálogo humano.
Veo también el trato. Y aquí el pediatra que llevo dentro establece inevitablemente un puente. Los recursos, la formación, las ratios y una buena organización importan. Mucho. Pero hay otra parte del cuidado que resulta bastante más difícil de escribir en un protocolo.
Una auxiliar se acerca a una persona mayor. Podría hablarle desde arriba, pero se agacha. Se pone a la altura de sus ojos. Le llama por su nombre. Espera la respuesta aunque tarde unos segundos más de lo que permitiría un pasillo con prisa. Es un gesto pequeño. Probablemente no aparecerá en ningún indicador de calidad. Pero quien está al otro lado lo nota. Y yo también. Cuidar bien a quien empieza la vida y cuidar bien a quien la va cerrando se parecen mucho más de lo que habría imaginado cuando empecé en pediatría. Al final, todo es cuestión de agacharse a la altura adecuada.
Hay también una figura que conocí hace muchos años y que ahora vuelvo a encontrar en estos pasillos: el abuelo oreneta. Oreneta, golondrina en catalán. Siempre me ha gustado más llamarlo así. Durante años llamamos abuelo oreneta al mayor que iba de casa en casa, de un hijo a otro, pasando temporadas aquí y allá. Pero estos días estoy viendo otras orenetes. Algunas ni siquiera saben cuál será el próximo nido.
Personas mayores que llegan a un centro sociosanitario después de una enfermedad, una caída o una pérdida de autonomía y que, cuando se acerca el momento de marcharse, no tienen claro dónde podrán hacerlo. Por las razones que sean —y desde fuera casi nunca conocemos toda la historia—, el lugar en el que vivían ya no es una opción o no pueden volver a él en las mismas condiciones.
Y entonces aparece una pregunta mucho más sencilla que cualquier valoración sociosanitaria: ¿adónde van?
A casa de un hijo durante un tiempo. Quizá después a la de otro. A una residencia si aparece una plaza. A algún recurso provisional mientras la familia intenta organizarse. Cada historia es distinta y sería injusto juzgarla desde un pasillo. Pero la imagen se repite: una persona mayor, unas pocas pertenencias y la incertidumbre de no saber del todo dónde estará su casa dentro de unas semanas.
Eso es lo que más me impresiona del abuelo oreneta que veo ahora. No que cambie de nido.
Que a veces ya no tiene uno al que volver.
La familia sostiene muchísimo. Lo estoy comprobando ahora desde dentro. Visita, pregunta, detecta pequeños cambios, recuerda que una comida no ha gustado, que una noche fue mala o que aquella manera de sentarse provoca dolor. Pero hay algo que conviene no confundir: la presencia de una familia no puede convertirse en la condición necesaria para recibir buenos cuidados.
También envejece quien no tiene hijos. Quien los tiene lejos. Quien ha sobrevivido a su pareja. Quien apenas recibe visitas. Un sistema digno debería cuidar bien también cuando detrás de la puerta no hay nadie esperando para preguntar. La soledad no debería ser un factor de riesgo asistencial.
Quizá por eso me inquieta tanto una pregunta que no esperaba hacerme mientras recorría estos pasillos:
¿Qué pasará conmigo?
Durante muchos años la vejez fue algo que les ocurría a otros. Incluso cuando trataba con personas mayores, yo estaba en el lado profesional de la historia. Ahora la distancia se ha acortado. Uno entra como yerno y, sin darse demasiada cuenta, empieza a mirar también las habitaciones. Quién me ayudará a levantarme. Quién tendrá tiempo para esperar mi respuesta. Si podré decidir dónde vivir. Si alguien entenderá que detrás de un anciano que tarda en caminar seguirá estando la persona que fui. Y que sigo siendo, aunque más lento.
Y en medio de esas preguntas aparece inevitablemente la tecnología.
La inteligencia artificial y los sistemas de asistencia pueden hacer cosas que hace pocos años parecían ciencia ficción: detectar una caída, advertir cambios en determinadas rutinas, recordar una medicación, facilitar la comunicación o permitir que una persona conserve durante más tiempo cierta autonomía. Eso puede cambiar para bien la forma en que envejecemos.
El problema empezará si confundimos ayudar a cuidar con sustituir el cuidado. Podemos construir una tecnología magnífica que resulte incomprensible para quien debe utilizarla. Podemos llenar una casa de sensores y dejar a una persona más sola. Podemos convertir la eficiencia en el argumento perfecto para reducir precisamente aquello que más cuesta organizar: el tiempo de otra persona. Y todos sabemos que la eficiencia, cuando se pone traje, da miedo.
Tampoco todos llegaremos igual a esa tecnología. Entre alguien de sesenta y tantos años acostumbrado a convivir con una pantalla y una persona de noventa que apenas la ha necesitado puede existir una distancia enorme. Una brecha digital que, en realidad, es una brecha vital.
Por eso me interesa menos preguntarme si habrá inteligencia artificial cuidándonos cuando seamos mayores —seguramente la habrá— que saber para qué decidiremos utilizarla. Puede convertirse en una prótesis que nos ayude a conservar autonomía. O en una excusa para delegar en un algoritmo aquello que una máquina todavía no sabe hacer: agacharse delante de alguien, llamarle por su nombre y esperar.
Estos días sigo entrando en el centro como yerno. A veces me descubro sentado sin hacer gran cosa. Miro pasar a las auxiliares. Escucho conversaciones a medias. Veo familias que llegan y otras que se marchan. Alguna silla permanece un rato frente al ventanal.
Y sigo haciendo lo mismo que aprendí hace muchos años, cuando todavía llevaba bata y empezaba a comprender que cuidar no siempre consiste en hacer algo.
Callo y miro.
Solo que ahora, inevitablemente, también me estoy mirando a mí.
Con un poco más de ironía.
Y, para qué negarlo, con un poco más de miedo.
Pero también con la esperanza de que, cuando llegue el momento, alguien —humano, máquina o híbrido amable— sepa agacharse a mi altura.