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Cuando los símbolos se convierten en historias del abuelo

11 sep. 2026 • 5 min de lectura
Cuando los símbolos se convierten en historias del abuelo

Hoy es 11 de septiembre.

Para algunos, estas cuatro palabras llevan directamente a Nueva York. Dos aviones, dos torres, humo, gente corriendo. Han pasado veinticinco años y todavía no necesito mirar ninguna fotografía para verlas.

Aquí, además, es la Diada de Catalunya. Otra historia, otros símbolos, otras banderas. Tenemos esa costumbre tan nuestra de meter cosas enormes dentro de objetos pequeños. Un trozo de tela puede contener un país. Una canción, una generación. Una fotografía, una vida entera.

Por eso hoy he pensado en los símbolos que ha ido acumulando mi generación.

El Muro de Berlín. La niña que huía quemada por el napalm en Vietnam. El hombre frente a los tanques de Tiananmén. Guernica. Las fotografías en blanco y negro de nuestra Guerra Civil. Y, mucho más cerca, aquellas manos pintadas de blanco tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco.

También ETA, que viví de forma intensa durante demasiados años, con nombres y noticias que entraban en casa sin llamar. Algunas se quedaron a vivir allí.

No son historias comparables, ni por sus causas ni por sus consecuencias. Lo que comparten es esa capacidad extraña de dejar una imagen fija cuando todo lo demás empieza a borrarse. Uno mira esas fotografías y no recuerda solo lo que pasó: se recuerda a sí mismo. Dónde estaba, con quién, qué edad tenía, qué hacía cuando sonó el teléfono o cuando la televisión interrumpió lo que fuera que estuviese emitiendo.

La memoria tiene estas cosas. A mí se me olvida dónde he dejado las gafas y recuerdo con una nitidez casi ofensiva una habitación en la que estuve hace treinta años. Debe de tener sus prioridades, y no se las conoce nadie.

Un adolescente que hoy entra en mi consulta puede mirar una foto de las Torres Gemelas y explicarme, en cinco segundos y con el móvil en la mano, la hora exacta del impacto. Sabe qué ocurrió. Pero no recuerda aquel día. Nosotros sí. No recordamos solo dos aviones y dos edificios: recordamos la sensación de estar delante de un televisor y comprender, mientras sucedía, que aquello iba a quedarse.

Nuestros padres tuvieron sus imágenes. Nuestros abuelos, las suyas. Y también sus historias, las mismas que volvían una y otra vez en las comidas familiares, con algún detalle distinto cada vez —la memoria hace nuevas ediciones sin consultar al autor—. Las escuchábamos con interés las primeras veces, y después con esa resignación cariñosa de quien ya sabe cómo termina el relato.

Yo pensaba que eso era cosa de abuelos.

Hasta que tuve un hijo, y descubrí que ya tiene una manera bastante eficaz de clasificar algunas de mis batallitas. Las llama «historias del 127», por mi primer coche, con el que viví unas cuantas. Basta con que empiece una frase con cierto tono —probablemente el mismo con el que mi abuelo empezaba las suyas— para que él detecte el peligro y diga: «Ya estamos con las historias del 127». Y entonces caigo en algo bastante desagradable: las historias del abuelo ya han empezado. Solo que el abuelo soy yo.

Cada generación recibe unos símbolos y, casi sin darse cuenta, deja otros.

Un niño nace sin saber qué significa prácticamente nada. No sabe qué es una bandera, ni un himno, ni un lazo, ni unas manos pintadas de blanco. Tampoco sabe que dos edificios pueden significar mucho más que dos edificios. Sus primeros símbolos son más sencillos: una cara, una voz, unos brazos. El rostro de quien lo cuida es probablemente el primer gran símbolo de una vida.

Después llegará un peluche feo que con el tiempo perderá un ojo y ganará un color difícil de nombrar, y una mantita que en algún momento habrá que negociar meter en la lavadora sin que eso se viva como una traición. Objetos corrientes que un día, sin que nadie firme el cambio, dejan de ser objetos.

Antes de poder comprender la Historia, un niño ya está fabricando su historia.

Y nosotros andamos por allí, metiendo cosas dentro: palabras, canciones, costumbres, fotografías, manías. También miedos. Y silencios —los silencios familiares, por cierto, se heredan estupendamente y sin necesidad de manual de instrucciones.

La pediatría me ha dejado ver esa construcción de cerca, consulta tras consulta, durante muchos años. Primero un bebé reconoce una cara. Después descubre que un sonido significa «mamá», «agua» o «dame eso ahora mismo o esto acaba mal». Más adelante comprende que un dibujo representa algo que no está allí. Y llegará un día en que entenderá algo todavía más raro: que una bandera puede contener una historia, que el Guernica no son solo unas figuras extrañas pintadas en un lienzo, y que dos torres pueden seguir existiendo en la memoria muchos años después de haber desaparecido.

Pero alguien tendrá que contárselo. Los símbolos no traen instrucciones. Durante un tiempo no hacen falta, porque todo el mundo parece saber qué significan. Luego empieza a faltar la gente que estuvo allí. Después, la que escuchó directamente a quienes estuvieron. Hasta que un día solo queda una fotografía y alguien que pregunta.

Tenemos más fotografías que nunca. Miles. Fotografiamos el desayuno, el perro, una puesta de sol, nuestros pies frente al mar y, no sé muy bien por qué, los platos que nos sirven en los restaurantes antes de comérnoslos. Nuestros abuelos resumían una vida entera en una caja de zapatos. Nosotros necesitaremos una nube. Y sin embargo no estoy seguro de que vayamos a recordar mejor, porque guardar una fotografía no es lo mismo que conservar su historia. Para eso todavía hace falta alguien que se siente al lado de otro y la cuente.

Ahí tiene una tarea la familia, y también la escuela —aprender Historia no debería consistir solo en retener una fecha hasta el viernes del examen para olvidarla educadamente el fin de semana. También habría que aprender a mirar: preguntarse qué hay detrás de una fotografía, por qué alguien pintó un cuadro, por qué una canción hizo llorar a los abuelos, por qué una bandera emociona a alguien y no significa lo mismo para quien tiene al lado. Mirar antes de juzgar. Preguntar antes de decidir. Y después, ya, pensar lo que se quiera.

Dentro de sesenta años, alguno de los niños que hoy entra corriendo en mi consulta será un anciano. Yo ya no estaré para decirle que se siente bien en la camilla, pero me gusta pensar que tendrá un nieto al lado cuando saque una fotografía —no sé cuál, todavía no sabemos qué imágenes de nuestro presente acabarán siendo los símbolos de su generación— y diga, señalándola: «Yo me acuerdo perfectamente de aquel día».

El niño mirará la foto. Después mirará a su abuelo.

—Abuelo, ¿y eso qué significa?

Y entonces ese niño, al que hoy alguien todavía tiene que recordarle que se lave los dientes, entenderá algo que nosotros empezamos a entender ahora: que los símbolos también envejecen. Nacen, nos acompañan, se mezclan con la vida, durante un tiempo parecen eternos, y un día vuelven a ser simplemente una fotografía, una canción, un cuadro o un trozo de tela. Hasta que alguien cuenta la historia que llevan dentro.

Quizá criar también sea eso. No solo enseñar a caminar, a hablar, a comer solo o a cruzar una calle, sino sentarse alguna vez junto a una fotografía y decir: «Mira, te voy a contar una cosa» —aunque el niño ponga esa misma cara que poníamos nosotros cuando el abuelo empezaba otra vez, o la que pone mi hijo cuando aparezco yo con el 127.

No importa. Algún día quizá la recuerde. Y entonces será él quien la cuente, aunque para eso las historias del 127 tengan que ganarse antes, con los años, el derecho a llamarse memoria familiar.

Porque cuidar también consiste en dejar algunas historias en buenas manos.

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