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# El frenillo de tu bebé: por qué antes de cortar hay que mirar bien primero
- URL: https://www.berrinchesyabrazos.es/el-frenillo-de-tu-bebe-por-que-antes-de-cortar-hay-que-mirar-bien-primero/
- Published: 2026-09-08T08:38:16.000Z
- Updated: 2026-09-08T10:39:13.000Z
- Author: JOSE ANGEL BILBAO SUSTACHA
- Tags: SALUD INFANTIL, Lactancia materna, #audiencia-todos

Cada pocas semanas, en la consulta, alguna madre o padre me enseña un vídeo grabado con el móvil: la lengua de su bebé, la boca abierta con dos dedos, y la pregunta de siempre. "¿Tiene el frenillo? Me han dicho que hay que cortarlo ya." A veces viene de una amiga, a veces de un grupo de lactancia, a veces de un profesional que lo vio en la primera visita del hospital. Y casi siempre viene con prisa, porque alguien ha dicho que si no se opera pronto, luego será peor.

Quiero contaros lo que dice hoy la evidencia sobre esto, porque el frenillo lingual —la anquiloglosia, para llamarla por su nombre técnico— es uno de esos temas donde la práctica ha corrido mucho más rápido que la ciencia que la sostiene.

## Un aumento que nadie discute

Lo primero que hay que decir con claridad: las cirugías de frenillo se han disparado. En Estados Unidos, los diagnósticos y las frenectomías aumentaron más de un 800% entre 1997 y 2012, y la Academia Americana de Pediatría confirmó que esa cifra volvió a duplicarse entre 2012 y 2014\. En Australia, el incremento fue del 420% en una década, y llegó al 3.710% en algunas regiones. Para el frenillo labial —el que afecta al labio superior— el crecimiento ha sido todavía más llamativo, con casos que se multiplican por treinta y cinco.

Esto no es un dato anecdótico de un solo país. Se repite, con distinta magnitud, allí donde se ha estudiado: en Brasil, en Australia, en Estados Unidos. La pregunta que nos hacemos los pediatras no es si el número ha subido —eso está fuera de duda—, sino por qué. Y ahí es donde empieza lo interesante.

## ¿Hay más frenillos, o los vemos más?

Una revisión sistemática publicada en 2025 analizó 462 artículos científicos sobre anquiloglosia y encontró algo revelador: las publicaciones sobre el tema han crecido de forma exponencial, pero la calidad de la evidencia no ha mejorado al mismo ritmo. De esos 462 trabajos, solo un 2,8% eran ensayos clínicos con el diseño más riguroso. Escribimos mucho sobre el frenillo, pero seguimos sabiendo relativamente poco con certeza.

Un informe de evaluación de tecnología sanitaria encargado por el estado de Washington en 2025 lo dice sin rodeos: no está claro si el aumento de cirugías refleja más casos reales, mejor diagnóstico, o sobrediagnóstico. Y señala algo que a mí me parece especialmente honesto: los niños con más probabilidades de acabar operados no son los que tienen el frenillo más corto, sino los que tienen un seguro privado y una familia con más recursos. Eso no habla de biología. Habla de acceso y de demanda.

La propia Academia Americana de Pediatría, junto con la de Otorrinolaringología, lo reconoce en su consenso: hay sobrediagnóstico en algunas comunidades, hay cirugías innecesarias, y el frenillo no causa apneas del sueño, por mucho que a veces se diga lo contrario. También señalan algo que como pediatra encuentro tranquilizador y a la vez preocupante: el término "anquiloglosia posterior" —esa variante más sutil, más discutible a simple vista— no tiene una definición consensuada entre expertos, y no debería usarse como motivo para operar a un bebé.

En España, la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria mantiene la misma cautela en sus protocolos de referencia: sitúa la anquiloglosia entre el 4% y el 10% de los recién nacidos, y afirma con todas las letras que no existen estudios con calidad metodológica suficiente para concluir que la frenotomía sea necesaria solo por el aspecto del frenillo. Lo que propone, en cambio, es apoyarse en herramientas validadas —la escala de Hazelbaker, la clasificación de Coryllos y Kotlow— que valoran no solo la forma, sino la función real de la lengua.

## Lo que de verdad importa: la función, no la foto

Aquí está, para mí, el punto central de todo el debate. Un frenillo se ve corto o largo en una foto. Pero lo que determina si hay que intervenir no es la fotografía, es si esa lengua funciona: si el bebé se agarra bien al pecho, si transfiere leche, si la madre tiene dolor que no se explica por otra causa, si hay pérdida de peso. La revisión Cochrane más sólida que tenemos sobre este tema encontró que, en los estudios con escalas objetivas de alimentación, la frenotomía no mejoraba de forma significativa la capacidad de succión del bebé. El único efecto consistente fue una reducción modesta del dolor en el pezón de la madre. Eso no invalida la cirugía cuando está bien indicada, pero sí nos obliga a ser honestos sobre lo que realmente podemos prometer.

Un dato que a menudo se pasa por alto: incluso cuando la cirugía está bien hecha, el frenillo puede volver a adherirse. Un estudio español reciente, del Hospital del Mar de Barcelona, siguió a más de doscientos recién nacidos tras la frenotomía y encontró que hasta un 14% necesitó una segunda intervención, sin que los ejercicios postoperatorios que tantas veces se recomiendan hayan demostrado prevenirlo.

## El primer mes, sí. Pero no sin mirar antes

Es cierto que, si finalmente hay que operar, el primer mes de vida es el momento técnicamente más favorable: el frenillo suele ser más laxo, el corte es más sencillo, no hace falta anestesia y la cicatrización es mejor. Pero aquí conviene deshacer un malentendido frecuente. Que el primer mes sea el mejor momento para operar no significa que se pueda operar sin evaluar antes. Lo que cambia a esa edad es quién hace la evaluación: no es un logopeda —esa figura tiene sentido más adelante, cuando aparecen dificultades de habla o de alimentación complementaria—, sino un profesional experto en lactancia, ya sea una asesora certificada, una matrona formada o el propio pediatra. Todas las guías que he revisado coinciden en lo mismo: antes de cortar, hay que valorar la toma, el agarre, el dolor materno y la ganancia de peso, no solo abrir la boca del bebé y mirar.

Un grupo de Otorrinolaringología pediátrica de la Universidad de California en San Francisco lo demostró de forma muy práctica: cuando incorporaron una evaluación de la deglución por logopeda y una consultora de lactancia antes de derivar a cirugía, las frenectomías bajaron de forma significativa y, al mismo tiempo, mejoraron los resultados de la lactancia. Su conclusión, que comparto plenamente, es que muchas veces lo que falta no es un bisturí, sino tiempo y apoyo experto a la lactancia en los primeros días.

![](https://storage.ghost.io/c/09/28/0928ff72-acbf-453e-b60a-c8fe5817f7b3/content/images/2026/09/ChatGPT-Image-8-sept-2026--12_38_21.png)

![](https://storage.ghost.io/c/09/28/0928ff72-acbf-453e-b60a-c8fe5817f7b3/content/images/2026/09/ChatGPT-Image-8-sept-2026--10_22_51-1.png)

## ¿Y si no se opera?

Es la pregunta que más veces me hacen después de explicar todo esto, y merece una respuesta igual de honesta que el resto del artículo: no lo sabemos con certeza, y decirlo así, sin adornos, es más útil que inventar una respuesta tranquilizadora a medias. La historia natural de la anquiloglosia no tratada —qué le pasa de verdad a un niño con frenillo corto si nadie interviene— sigue siendo, según las revisiones más recientes, prácticamente desconocida. No existen estudios que hayan seguido durante años a niños con frenillo sin operar para comprobar qué ocurre realmente con su lactancia, su habla o su dentadura. Casi todo lo que se cita como consecuencia del frenillo no tratado procede de estudios diseñados para justificar el tratamiento, no de un seguimiento neutral de lo que pasa sin él.

Hay, sin embargo, un dato que me parece revelador y que rara vez se cuenta con esta claridad: la anquiloglosia es mucho más frecuente cuando se busca en recién nacidos —entre un 1,7% y un 10,7%— que cuando se busca en niños mayores, adolescentes o adultos, donde baja hasta el 0,1-2%. Esa caída tan marcada sugiere que una parte importante de los frenillos que parecen cortos al nacer se van alargando solos, con el crecimiento y el propio uso de la lengua. Es una hipótesis razonable, no una certeza demostrada con un seguimiento riguroso, pero encaja con lo que muchos pediatras observamos en consulta: frenillos que a los tres años ya no limitan nada.

Eso no significa que un frenillo corto no pueda dejar huella si de verdad limita la función. En niños mayores y adultos con anquiloglosia no tratada se han descrito molestias reales, aunque de intensidad variable: dificultad para lamer un helado o para tocar un instrumento de viento, más babeo, una higiene bucal algo más trabajosa, y en algunos casos un impacto en la autoestima que no debería minimizarse. Y en el terreno más clínico, se asocian con menos solidez —porque la evidencia aquí es todavía más débil— alteraciones del habla, sobre todo en la articulación de sonidos que exigen elevar la punta de la lengua, y cierta relación con la maloclusión dental. Son asociaciones, no certezas de causa-efecto.

Por eso las guías que más confío no recomiendan operar por precaución. El Servicio Nacional de Salud británico y la Sociedad Canadiense de Pediatría son claros en esto: recomiendan tratar solo cuando hay una interferencia real y demostrada con la lactancia, no por el aspecto del frenillo. Y una de las revisiones médicas de referencia sobre el tema lo resume de una forma que suscribo por completo: si el frenillo no está causando ningún problema durante el periodo neonatal, la observación —esperar y seguir mirando— es en sí misma la mejor opción de tratamiento.

Así que si tu bebé tiene un frenillo corto y no le duele al mamar, si gana peso, si la lactancia va bien, no hay ninguna prisa. Observar no es no hacer nada: es seguir mirando con atención, con la tranquilidad de que la mayoría de estos frenillos, simplemente, se resuelven solos con el tiempo.

## Lo que le digo a las familias en consulta

No os digo que el frenillo nunca haya que operarlo. Hay frenillos que sí limitan de verdad la lengua, que sí duelen a la madre cada toma, que sí frenan la ganancia de peso del bebé, y en esos casos la cirugía —simple, rápida, segura cuando se hace bien— puede cambiar por completo una lactancia que iba camino del fracaso. Lo que os digo es que la decisión no debería tomarse solo mirando una foto de la lengua levantada, sino observando cómo come ese bebé en concreto, con esa madre en concreto. Y que si alguien os propone cortar sin haber hecho antes esa valoración, tenéis todo el derecho a pedir que se haga primero.

A veces, en medicina, lo más difícil no es aprender a operar. Es aprender a esperar lo justo antes de decidir hacerlo.

En el caso de que se realice la intervención os dejo en **recursos** los ejercicios que se recomienda realizar, pero que no está demostrada su eficacia

*Dr. Jose A. Bilbao*

*Dr. Jose A. Bilbao*