LAS PRIMERAS VECES
He pasado la vida profesional rodeado de primeras veces ajenas. La primera sonrisa social, sobre las seis semanas, cuando unos ojos que hasta entonces solo miraban empiezan a responder. Los primeros pasos, esa mezcla de tambaleo y desafío a la gravedad que arranca aplausos familiares como si el niño acabara de coronar el Everest en pañales. El primer “papá” o “mamá”, pronunciado casi siempre por accidente y celebrado después con un entusiasmo retroactivo digno de un premio literario. Los primeros logros escolares, el primer amor —ese terremoto que un adolescente cree que nadie antes ha sentido con semejante intensidad—, el primer día de universidad, el primer trabajo.
Como pediatra he tenido el privilegio de estar cerca de ese calendario de estrenos. Y con los años he aprendido que las primeras veces no son solo hitos del desarrollo: son la forma que tiene la vida de recordarnos que seguimos vivos, que algo en nosotros todavía no se ha agotado. Una especie de notificación interna, pero sin la molestia del sonido del móvil.
Lo curioso es que ese calendario no se cierra en la infancia. Cuando uno se hace mayor —y yo ya estoy en esa edad en la que el cuerpo empieza a pasar facturas atrasadas, con intereses— las primeras veces regresan, aunque disfrazadas. Volver a caminar después de haber dejado de hacerlo es, en cierto modo, la misma proeza que celebrábamos en un niño de un año: el mismo tambaleo, la misma conquista de un espacio que antes se daba por descontado, la misma sensación de estrenar algo que creíamos adquirido para siempre. La diferencia es que de mayores nadie aplaude, y sin embargo el logro pesa igual, o más. Es el mismo milagro, pero sin público.
Ayer, muchos de nosotros tuvimos una primera vez colectiva sin necesidad de estar enfermos ni de haber perdido nada: el eclipse. Durante la tarde del miércoles 12 de agosto de 2026, un eclipse solar total fue visible desde la península ibérica, el primero en más de un siglo. No se veía uno desde 1905, así que, salvo rarísimas excepciones centenarias, nadie vivo en España había presenciado antes ese instante en que el sol desaparece detrás de la luna en pleno día. Fue, literalmente, una primera vez para casi todo un país. Un estreno nacional, sin alfombra roja pero con gafas homologadas.
Y ahí está lo que me conmueve: un adulto de casi 90 años mirando al cielo con las mismas gafas protectoras que un niño de cinco, ambos viviendo el mismo estreno al mismo tiempo. El eclipse no distinguió edades ni currículums ni primeras veces ya gastadas. Por unos minutos todos volvimos a ser principiantes, con la misma capacidad de asombro que un bebé descubriendo que sus manos le pertenecen. Un país entero diciendo “oh” al unísono, sin necesidad de ponerse de acuerdo.
Quizá esa sea la lección silenciosa de estos fenómenos: que la posibilidad de asombrarnos no caduca, que el repertorio de primeras veces no se agota en la infancia si uno conserva la costumbre de mirar hacia arriba, hacia adentro o, simplemente, hacia adelante. La vida sigue estrenándose, aunque a veces lo haga con un presupuesto más ajustado.
Hubo, además, una coincidencia que se quedó conmigo. Entre quienes viajaron a Burgos para presenciar el eclipse estaba Brian May, el guitarrista de Queen, cuya música me ha acompañado —literalmente— a lo largo de mi vida. Verlo allí, con su otra identidad menos conocida pero igual de real, la de astrofísico, hablando de primeras veces y de la posibilidad de que alguien viviera por primera vez un fenómeno así, fue un pequeño empujón. Si un hombre que ha llenado estadios durante cincuenta años sigue persiguiendo estrenos —seguir aprendiendo, seguir mirando al cielo con la curiosidad de un debutante—, no hay excusa para pensar que a cierta edad las primeras veces se terminan. Brian May, con su melena eterna, recordándonos que la curiosidad también puede ser un peinado.
Y ya que hablo de estrenos tardíos, no puedo dejar fuera el mío propio: también a esta edad, publicar mis reflexiones y mis escritos —los personales y los que nacen de la profesión en el blog berrinches y abrazos— es una primera vez. Siempre me ha gustado observar y escribir, pero después de décadas redactando historiales clínicos, informes y conversaciones privadas con familias, exponer lo que pienso y lo que siento en un espacio abierto es, para mí, tan nuevo como lo fue en su día el primer día de trabajo. Y quizá por eso entiendo mejor que nunca a esos niños que dan sus primeros pasos: uno también se tambalea un poco cuando empieza algo, sin importar la edad que tenga. El vértigo es democrático.
Como pediatra siempre insistí a los padres en la importancia de celebrar cada estreno de sus hijos, por pequeño que pareciera. Hoy, desde el otro lado del calendario, entiendo que ese consejo también vale para uno mismo: seguir teniendo primeras veces, aunque sean de recuperación en vez de descubrimiento, aunque sean colectivas en vez de íntimas, es la prueba de que todavía hay vida por delante que contar.
Y, con suerte, alguna que otra ovación pendiente.