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# Vamos a la cama: setenta años de tele y de crianza
- URL: https://www.berrinchesyabrazos.es/vamos-a-la-cama-setenta-anos-de-tele-y-de-crianza/
- Published: 2026-10-18T17:53:54.000Z
- Updated: 2026-10-18T17:57:19.000Z
- Author: JOSE ANGEL BILBAO SUSTACHA
- Tags: #reflexión, #audiencia-todos

Hoy es una tarde de lluvia, de esas que llamamos de manta, sofá y tele, y me ha dado por pensar en lo mucho que ha cambiado la televisión. Lo curioso es que la expresión ha sobrevivido a casi todo lo demás.

Nací a finales de los años 50, La primera emisión oficial y regular de televisión en España tuvo lugar el 28 de octubre de 1956\. El Real Madrid-Barça de la temporada 1958-59 fue el primer partido de la máxima que pudo seguirse por la pequeña pantalla, todo un acontecimiento hace 65 años. No me enteré, claro. Pero me gusta pensar que llegué al mundo a la vez que el país descubría que se podía discutir de fútbol con imágenes.

En mi casa hubo televisor muy pronto. En aquellos primeros años un aparato costaba entre 16.000 y 32.000 pesetas, casi lo que ganaba un trabajador en un año entero, así que tener uno en la España de principios de los sesenta te daba cierto prestigio en el barrio. No era mérito mío, pero lo disfrutaba.

Me mandaban a dormir con la Familia Telerín, que funcionaba como el reloj oficial del país: cuando salían cantando «vamos a la cama», la infancia española entera se levantaba del suelo. Estaban también el gato Félix y los Chiripitifláuticos, que hoy no sabría explicarle a nadie menor de cincuenta años sin que me mirase con preocupación.

La crianza de entonces tenía una ventaja que nadie había planeado: la programación se acababa. Había un rato para los niños y, cuando terminaba, no quedaba nada para nosotros. Por la noche aparecía la carta de ajuste y la televisión, sencillamente, dejaba de existir. Mis padres no tenían que poner límites. Los ponía Prado del Rey.

Los únicos que ponían ellos eran los dos rombos. Aquel par de símbolos en la esquina de la pantalla quería decir que lo que venía no era para nosotros, y de ahí salí con la impresión, que tardé años en corregir, de que lo interesante de la vida empezaba siempre después de que te mandaran a la cama. *Bonanza* sí se podía ver. Era un oeste de familia de hombres, un padre viudo con tres hijos que se querían a puñetazos, y a nadie le pareció raro.

Del telediario recuerdo poco el contenido y mucho la liturgia. Franco inaugurando pantanos, cortando cintas, rodeado de señores con gafas oscuras. Yo no entendía qué tenía de noticia un pantano, pero intuía que era importante, porque en casa se callaba todo el mundo. Recuerdo también los festivales de coros y danzas de la Sección Femenina, con jotas, muñeiras y trajes regionales, que salían en pantalla con una frecuencia que entonces me parecía normal y que ahora me parece un dato histórico.

Algunas cosas las vi sin entenderlas del todo. Manolo Santana ganó Wimbledon en 1966, cuando yo tenía siete años y no sabía muy bien qué era Wimbledon, aunque por la cara de los mayores supe que algo así no pasaba nunca. Tres años después llegó el hombre a la Luna, con aquellas imágenes grises y temblorosas que tenían algo de fantasma. Y en 1972 Paquito Fernández Ochoa bajó una montaña en Sapporo y ganó un oro olímpico. Ese lo recuerdo mejor; ya tenía doce años y podía ponerme nervioso con conocimiento de causa.

Ese mismo año empezó el *Un, dos, tres*, y con él algo que hoy cuesta imaginar: toda la familia sentada a la misma hora, el mismo día, mirando lo mismo y discutiendo si la pareja debía plantarse o seguir. Los premios cuentan bastante de cómo era España. Al principio el gran premio podía ser una cocina equipada, y nadie se reía, porque una cocina equipada era un sueño razonable. Luego llegaron los coches, y más tarde los apartamentos, primero en Torrevieja y después en Marina d'Or. Visto desde ahora, aquel concurso fue el primer anuncio a escala nacional de lo que iba a ser el negocio inmobiliario en este país. Entonces solo nos parecía un piso en la playa.

Con el *Un, dos, tres* aprendimos también a frustrarnos. Te podía tocar un coche, sí, pero también un coche de desguace, o la calabaza, o cualquiera de aquellos premios pensados para que el país entero soltara una carcajada a costa de una pareja que había viajado a Madrid con más ilusión que dinero. Era una pedagogía del fracaso bastante eficaz. No sé si la recomendaría.

Por entonces volvieron de América los Payasos de la Tele, Gaby, Fofó y Miliki, y abrían cada programa con aquel «¿Cómo están ustedeees?» que medio país contestaba desde el sofá. Yo, aunque ya tenía edad para hacerme el mayor, los veía mientras merendaba. Las meriendas de entonces eran pan, sobre todo pan: pan con una onza de chocolate, pan con aceite y azúcar, pan con mantequilla y azúcar, y en algunas casas pan mojado en vino con azúcar, que hoy sacaría de sus casillas a cualquier pediatra, empezando por mí. En las casas más modernas había Nocilla. Nadie hablaba de azúcares añadidos. El azúcar era, precisamente, lo que se añadía.

Con el color llegaron dos cosas que en mi cabeza van juntas aunque no tengan nada que ver. Una fue Torrebruno, aquel italiano bajito y eléctrico que cantaba lo de «tigres, leones» y conseguía que los niños saltaran del sofá. La otra fue Félix Rodríguez de la Fuente, que hablaba de lobos y de águilas como si fueran vecinos suyos. Torrebruno me hacía reír. Lo de Félix me caló más: de él me viene el amor por los animales y por la naturaleza. Murió en Alaska en 1980, cuando yo tenía veintiún años.

La primera idea de ser médico no me la dio la televisión, sino un libro: *Cuerpos y almas*, de Maxence Van der Meersch, y más en concreto Evelyn, su protagonista. Resulta raro que en un texto sobre la tele la vocación empiece en papel, pero fue así. Después llegó el doctor Gannon, que trabajaba en un hospital universitario de Los Ángeles, en *Centro médico*, operaba, discutía con sus jefes y casi siempre tenía razón. Con él, aquella idea que había nacido en una novela pasó a tener bata blanca y horario de emisión. Era guapo y americano, dos condiciones que no estaban a mi alcance. Cuando años después entré en un hospital de verdad, descubrí que allí nadie se parecía a él, empezando por mí.

En 1981 llegó *Verano azul*, y media España lloró la muerte de Chanquete. Yo tenía veintidós años y una carrera de medicina a cuestas, y aun así no me atrevería a jurar que no.

Dos años después, TVE estrenó *Anillos de oro*, con Ana Diosdado e Imanol Arias como abogados de un despacho que llevaba separaciones y divorcios. La ley del divorcio tenía dos años, y la serie hablaba a las nueve y media de la noche, y sin rombos, de algo que hasta hacía muy poco no se nombraba en voz alta: que una familia también podía deshacerse. Yo tenía veinticuatro y todavía no era padre. Casi a la vez apareció *La bola de cristal*, con una Bruja Avería que gritaba «¡Viva el mal! ¡Viva el capital!», cosa que en otra época habría costado un disgusto, y que los niños repetían sin entender del todo. Tenía otra que ahora me toca más de cerca: «Por un cable y un pistón, ¡no acepto la jubilación!». Medio jubilado y todavía pasando consulta, empiezo a sospechar que la bruja tenía razón. La televisión de mi infancia mandaba a los niños a la cama; esta les ponía delante una bruja que se reía de los mayores.

En algún momento entró en casa el mando a distancia, y con él una forma nueva de autoridad doméstica. Ya no mandaba el que estaba más cerca del aparato, sino el que tenía el mando, y las familias aprendieron a negociar, a esconderlo entre los cojines y a acusarse unos a otros de haberlo perdido. Después vinieron las privadas, a partir de 1990, y casi a la vez el segundo televisor, y luego el tercero. Uno en la cocina, otro en el dormitorio. La tele que nos había juntado empezó a repartirnos por la casa, y no creo que nadie lo decidiera. Ocurrió, como ocurren casi todas las cosas que luego cuesta explicar.

Para entonces yo ya era padre. Lo fui a los treinta, y desde ese momento la televisión dejé de elegirla solo para mí. *Médico de familia* empezó en 1995 y me tocaba de cerca por razones obvias. Nacho Martín era un médico de barrio que llegaba tarde a casa y tenía la nevera vacía, y muchos colegas nos reconocimos en él más de lo que nos habría gustado admitir. Casi a la vez llegó *Urgencias*, y con ella George Clooney haciendo de Doug Ross, que era, para mi sorpresa, pediatra. Nunca la especialidad había tenido una cara tan solicitada. Entre Nacho Martín, que no encontraba tiempo para hacer la compra, y Doug Ross, que se saltaba un protocolo por capítulo para salvar a algún niño, las dos series se repartían los dos lados de la medicina que yo conocía: la consulta de barrio y la guardia. Del doctor Gannon a Doug Ross habían pasado veinte años, y el médico de la tele seguía siendo guapo. Algunas cosas no cambian.

Mi hijo tenía seis años cuando empezó *Médico de familia*. Las series que vinieron después le fueron llegando a él según crecía: *Al salir de clase*, *Un paso adelante* con su UPA Dance y, ya adolescente, *Los Serrano*. Yo ya no las veía como espectador, sino como el padre de alguien que las veía. Es otra manera de mirar la tele: se mira a medias la pantalla y a medias al hijo, para ver cómo le llega lo que está viendo. A mí me mandaban a la cama los Telerines. A él tenía que mandarlo yo, y casi siempre en mitad de un capítulo.

Aun con tantas pantallas, seguía habiendo días en que el país entero volvía a sentarse junto. La plata del baloncesto en Los Ángeles, en 1984\. Barcelona 92, que fueron semanas enteras. Y otros días que no tenían nada de fiesta. En julio de 1997, el secuestro y el asesinato de Miguel Ángel Blanco, con la cuenta atrás en directo y la sensación de que todo el país esperaba lo mismo y sabía, en el fondo, lo que iba a pasar. Cuatro años después, el 11 de septiembre, encendimos la tele a media tarde y tardamos unos minutos en entender que aquello no era una película.

Aquí en Cataluña llegó después *Merlí*, un profesor de filosofía de instituto que hablaba a los adolescentes como si fueran capaces de pensar. Reconozco que lo descubrí tarde, cuando la serie ya se había emitido. Me quedo con muchas de sus frases. Con una por el humor: «He estado callado por dos razones: para pensar en la respuesta y para demostrar que cuando uno piensa, la gente lo mira mal». Con otra porque llevo media vida comprobándola: «Que las cosas sean de una manera no significa que no se puedan cambiar». Y con esta, que a mi edad entiendo mejor que antes: «¿Por qué nos da tanto miedo no saber algo? La ignorancia nos hace humanos».

Hoy hay en casa más pantallas que personas, y cada uno lleva la suya en el bolsillo. Los pediatras damos ahora recomendaciones sobre pantallas. A mis padres nadie les dio ninguna, y no les hizo falta: la tele se apagaba sola.

Visto desde aquí, lo que más ha cambiado en la crianza es quién pone el límite. A mí me lo ponía la programación, y mis padres solo tenían que vigilar los rombos. Yo ya tuve que negociar el mando y la hora de acostarse, pero la tele seguía siendo un mueble del salón que se podía apagar. Los padres de ahora tienen que poner el límite ellos solos, y a un aparato que no se apaga nunca y que además es el mismo con el que trabajan, hablan con los abuelos o saben dónde anda el hijo. Es difícil pedirle a un niño que suelte el móvil mientras uno lo tiene en la mano. No lo digo con superioridad. No sé si yo lo habría hecho mejor.

Tampoco lo que entra por la pantalla es lo mismo. Las guerras de mi infancia llegaban contadas por un locutor, con imágenes de días antes y un tono que lo ponía todo a cierta distancia. Ahora las guerras se retransmiten en directo, y un niño puede ver un bombardeo en el mismo aparato en el que un minuto antes estaba viendo dibujos. Ningún rombo avisa de eso.

No sé si aquello era mejor. Sé que era distinto, y que buena parte de lo que entonces hacía la programación, como decir que ya era hora de acostarse, ahora tienen que hacerlo los padres, cada noche, contra un aparato que no se cansa nunca.

A veces pienso en qué escribirán nuestros hijos, o nuestros nietos, cuando la televisión cumpla cien años, si para entonces sigue llamándose así. Probablemente no se acordarán del principio. No sabrán quiénes eran los Chiripitifláuticos ni que hubo un tiempo en que la tele se acababa por la noche y salía una carta de ajuste. Se acordarán de otras cosas, de las que hoy no sé ni el nombre, y alguno las contará con la misma mezcla de cariño y de asombro con la que yo cuento las mías.

El 28 de octubre se cumplen setenta años. Supongo que lo veré por la tele.