Qué hacer si el sueño de su hijo no se parece al de los libros
Hay una consulta que se repite con pocas variaciones. Unos padres sentados frente a mí, con un bebé de ocho o nueve meses que se despierta tres veces cada noche, y una frase que llega casi siempre en la primera media hora:«Hemos leído de todo y no funciona».
Los libros de sueño tienen una peculiaridad: los leen padres que duermen mal, que es el peor momento para leer matices. Si tienen prisa, adelanto lo principal. Despertarse de noche es normal durante el primer año. Mientras no le pese a nadie, no hay nada que arreglar. Y si pesa, hay un orden razonable para hacerlo, que cuento al final.
Lo que dicen los libros
En España el debate lleva casi treinta años alrededor de dos nombres. Eduard Estivill publicó Duérmete, niño en 1996 (1) y propone enseñar al niño a dormirse solo con un método por pasos, en el que los padres acuden a intervalos cada vez más largos. Carlos González, en Bésame mucho (2), defiende casi lo contrario: el niño que llora de noche pide compañía, no hay que dejarlo llorar y el colecho es una opción natural. Cada postura tiene lectores fieles y, en la consulta, padres que se sienten culpables por no haber seguido la otra.
Cuánto se duerme a cada edad
Horas recomendadas en 24 horas, siestas incluidas, según el consenso de la AASM [4]:

El tercer libro de referencia es el de Gonzalo Pin Arboledas, coordinador del grupo de sueño de la Asociación Española de Pediatría (3). Lo que sí puedo contarles porque está por escrito es el documento de consenso de 2017 que firmó con otras cinco sociedades científicas (4). Dice que el problema se diagnostica hablando con la familia, que el tratamiento se basa sobre todo en hábitos y en técnicas de conducta, y que debe adaptarse a cada familia. No acudir cuando el niño llora aparece como una opción más, junto a retrasar la hora de acostarse o despertarlo antes de que se despierte solo, y no como «el método». Los medicamentos no van primero. Es un texto de 2017, así que conviene leerlo junto con lo que se ha publicado después.
Qué es normal
Según ese consenso (4), un bebé «duerme del tirón» cuando reúne tres cosas: un periodo largo de sueño seguido, un horario que coincide con el de la familia, y la capacidad de volver a dormirse solo después de despertarse. La tercera es la que más se pasa por alto. Despertarse no es el problema. Lo que madura con los meses es volver a dormirse sin ayuda, y cada bebé llega a eso a su ritmo.
Cuando se mide con cámaras en casa, la cifra sorprende. Un estudio de 2025 (5) siguió durante una semana a 623 bebés de 9 a 13 meses. Se despertaban una media de dos veces y media por noche, y casi seis de cada diez más de dos. Los padres, en cambio, entraban a la cuna poco más de una vez: muchos bebés se despiertan y se vuelven a dormir sin que nadie se entere. Eran sobre todo familias estadounidenses con ingresos altos, que habían comprado la cámara, así que no representan a todas. Aun así, sirve para tranquilizar a quien cree que su hijo es el único que no duerme.

Qué se puede hacer, y qué se consigue
Las revisiones de estudios coinciden en algo. Las técnicas de conducta, sobre todo las que enseñan al bebé a dormirse solo, acortan el tiempo que tarda en dormirse y reducen los despertares (6). Los programas que solo dan información a los padres funcionan menos. Casi nada se sabe de lo que pasa años después.
Un ensayo canadiense (7), con 235 familias de bebés de 6 a 8 meses, enseñó una técnica de consuelo controlado: acudir cada vez un poco más tarde. Los bebés, medidos con un aparato en el tobillo, no se despertaban menos. Pero los padres veían el problema mucho más pequeño, dormían mejor y estaban menos cansados. Los autores creen que muchos bebés se despertaban igual, pero se volvían a dormir solos sin llamar, algo que el aparato mide mal. Es una interpretación suya.
Por debajo de los seis meses el panorama es otro. Las revisiones describen resultados dispares de estas técnicas antes de esa edad, y más prometedores a partir de ella (8). En un ensayo tailandés (9), a familias de bebés de 4 meses se les puso un vídeo de 15 minutos sobre sueño normal y seguro. A los seis meses había más bebés que hacían noches algo más largas, aunque casi ninguno llegó a dormir seis horas seguidas. Informar ayuda un poco, pero no hace milagros.
¿Hacen daño estas técnicas?
Es la pregunta que más pesa en la consulta, y la que peor se responde con consignas. Voy por partes.
Un estudio australiano pequeño (10), con 43 bebés, probó dos formas de enseñar a dormir y las comparó con un grupo que solo recibió información. Los bebés se dormían antes y, con una de las técnicas, se despertaban menos. El cortisol, la hormona del estrés, bajó algo en vez de subir, y un año después no había diferencias en emociones, conducta ni apego. Con tan pocos niños, un estudio así no detecta diferencias pequeñas.
El seguimiento más largo llega hasta los seis años (11). A unas familias de bebés con problemas de sueño se les ofrecieron, a los ocho meses, unas consultas con una enfermera para aprender rutinas y una técnica gradual. A otras, nada especial. A corto plazo ayudó, y las madres estaban menos deprimidas dos años después. Cuando los niños tenían seis años no había diferencias en conducta, emociones, sueño ni relación con los padres.
Eso significa dos cosas. No se vio daño. Y tampoco se vio beneficio a largo plazo, de modo que estas técnicas se justifican por aliviar la situación de la familia ahora, no por evitar problemas futuros. Hay cautelas. Casi un tercio de las familias no pudo seguirse, no todas aplicaron lo aprendido, y casi todo se midió con cuestionarios que rellenan los propios padres. Los autores reconocen que no pueden descartar diferencias pequeñas, ni saber si hay niños (los que han vivido algo difícil o son muy ansiosos) a los que no les convenga.
Un estudio británico (12) siguió a 178 bebés hasta los 18 meses. Había preguntado a las madres si alguna vez habían dejado llorar a su bebé, y no encontró relación con el apego ni con la conducta. Pero la pregunta era muy general: no distingue entre día y noche ni cuánto tiempo. Los propios autores no recomiendan ni dejar llorar ni acudir siempre al instante.
Y hay una señal en sentido contrario, también pequeña. En un programa de ingreso de cinco días con 25 bebés (13), al tercer día los bebés ya no lloraban al dormirse, pero su hormona del estrés en la saliva seguía alta. No se les siguió después, así que no sabemos qué significa. Sugiere que un bebé callado no está necesariamente tranquilo por dentro, y me parece motivo suficiente para no tomarse esto a la ligera.
Hábitos que ayudan, y una regla de seguridad
Una revisión de 2024 (14) encontró que los niños de 1 a 3 años dormían peor cuando los padres estaban muy presentes al dormirse, cuando había pantallas o cuando tomaban pecho o biberón de noche, y mejor con rutinas constantes y pasando toda la noche en su propio espacio. Son estudios de observación: un niño que duerme mal recibe más consuelo, y no sabemos qué causa qué. Tampoco significa que haya que quitar las tomas de noche, porque a muchas edades los bebés comen de madrugada y está bien.
Lo único que no admite flexibilidad es la seguridad. La Academia Americana de Pediatría (15) mantiene lo mismo desde hace años: boca arriba, superficie firme y plana, habitación compartida pero cama separada, sin ropa blanda ni sobrecalentamiento. Desaconseja el colecho. Si una familia decide hacerlo, que sea sobre superficie firme y nunca en un sofá o sillón, sin tabaco, alcohol ni medicamentos que den sueño, y con más cuidado todavía si el bebé es prematuro o tiene menos de cuatro meses.
Lo que yo haría
Si me trajeran hoy a su bebé, esto es lo que haría, más o menos por este orden.

Primero buscaría algo médico. Un ronquido habitual con pausas al respirar, un picor por dermatitis que empeora de noche, un reflujo con síntomas, un dolor. Entrenar el sueño de un niño con picor sin tratar es empezar por el sitio equivocado.
Después les pediría que anotaran el sueño durante quince días, fines de semana incluidos: a qué hora se acuesta, cuándo se duerme, cuántas veces se despierta y cuánto dura cada despertar, a qué hora se levanta y cómo van las siestas. Para eso hice la Agenda de sueño infantil, una hoja para imprimir en la que basta con sombrear las horas en que duerme. No hace falta mirar el reloj al minuto. Les pediría además que apuntaran al margen qué hizo el adulto en cada despertar. Muchas veces el problema es de horario, con siestas que se alargan hacia la tarde o una hora de acostarse que no coincide con el momento en que al niño le entra el sueño. Eso se corrige sin una lágrima.
Con la agenda delante, miraríamos si de verdad hay un problema. Para mí lo hay cuando el niño tarda más de 20 o 30 minutos en dormirse, pasa más de una hora despierto de madrugada, o necesita a un adulto en cada despertar, y eso le cuesta a él o a la familia. Un bebé que se despierta dos veces, mama y se vuelve a dormir, en una casa que lo lleva bien, no necesita que le cambien nada. Pero si ustedes me dicen que no pueden más, yo veo motivo para intervenir aunque el bebé esté dentro de lo normal, y les preguntaría cómo están ustedes de ánimo, no solo de sueño.
Luego ordenaríamos lo básico: una rutina corta y siempre igual, siestas que no se retrasen, cuarto oscuro y tranquilo, entre 19 y 22 °C (4), y en los mayores, sin pantallas antes de dormir. Tiene un respaldo modesto, pero es barato y no hace daño, y con eso muchas familias ya no necesitan nada más.
Si el bebé tiene menos de seis meses, no entrenaría nada. Con esa edad lo que hace falta es información realista, seguridad y paciencia.
A partir de los seis meses, si el problema pesa, empezaría por lo más suave: retirar la ayuda poco a poco, quedarse menos tiempo en la habitación, o acostarlo a la hora a la que de verdad se duerme y adelantarla de a poco. Reservaría las técnicas de intervalos, que son las que tienen resultados más consistentes en los estudios (6), para cuando lo suave no funciona y la familia lo elige con conocimiento. No recomiendo dejar llorar sin acudir. Y les pediría tres cosas: que los dos adultos estén de acuerdo, que puedan mantenerlo una o dos semanas sin cambiar a mitad, y que me cuenten antes si su hijo ha vivido algo difícil o es muy ansioso, porque ahí los estudios no dicen nada y prefiero ir más despacio. [TU CRITERIO: cómo decides con cada familia entre estas opciones.]
A las dos semanas, si no ha cambiado nada, no insistiría con lo mismo. Volveríamos a la agenda, al horario y a la parte médica antes de probar otra cosa.
No les daría a un lactante melatonina, antihistamínicos ni infusiones sin valoración médica previa. El consenso español sitúa los fármacos después de las medidas de conducta y no los recomienda como primera ni única opción. Contempla la melatonina como primer fármaco, durante menos de cuatro semanas y con indicación médica, y avisa de que las infusiones apenas se han estudiado en niños (4).
Y una cosa más que digo mucho: elijan lo que elijan, esa decisión no dice nada de cómo quieren a su hijo.
Cuándo consultar sin esperar
Si ronca de forma habitual o hace pausas al respirar, suda mucho por la noche, se despierta con un llanto que no se calma o con episodios raros, crece poco, el sueño cambia de golpe tras una fiebre o un dolor, o ustedes están muy bajos de ánimo. En cualquiera de estos casos, lleven la agenda rellenada si ya la tienen: ahorra tiempo en la consulta.
Lo que seguimos sin saber
Casi nada de lo anterior tiene seguimiento más allá de los seis años. No hay buenas comparaciones directas entre los métodos con llanto y los graduales. Los estudios reclutan a las familias que aceptan participar, y casi todo se mide con cuestionarios que rellenan los propios padres. Apenas sabemos cómo funcionan estas técnicas en niños de temperamento difícil, con dermatitis o en familias muy vulnerables, que son las que más llegan a la consulta de primaria. Y queda una pregunta que los datos no resuelven: si es aceptable exponer a un bebé a un posible malestar a cambio de un beneficio para la familia. Los estudios pueden decir si hay un daño medible. No pueden decir si el precio es admisible, y eso lo deciden ustedes con su pediatra.
Para llevar a la consulta: Agenda de sueño infantil (PDF gratuito para imprimir). Con quince días rellenados, la visita da mucho más de sí.
Bibliografía
- Estivill E, de Béjar S. Duérmete, niño: cómo solucionar el problema del insomnio infantil. Barcelona: Plaza & Janés Editores; 1996.
- González C. Bésame mucho: cómo criar a tus hijos con amor. Madrid: Ediciones Temas de Hoy; 2003.
- Pin Arboledas G. El sueño es vida. El sueño infantil como nunca te lo han explicado. Planeta; 2023.
- Pin Arboledas G, Soto Insuga V, Jurado Luque MJ, Fernández Gomariz C, Hidalgo Vicario I, Lluch Roselló A, et al. Insomnio en niños y adolescentes. Documento de consenso. An Pediatr (Barc). 2017;86(3):165.e1-165.e11. doi:10.1016/j.anpedi.2016.06.005
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