Cuando los niños bailan en TikTok… ¿están bailando o están copiando?
El otro día entró una niña en la consulta bailando.
Venía a su revisión y a vacunarse. Llevaba un traje de ballet y entró dando unos pasos de baile. No es lo habitual. Algunos niños entran corriendo; otros se quedan detrás de sus padres en cuanto descubren la camilla. Ella entró bailando.
No recuerdo exactamente qué pasos hacía. Tampoco importa demasiado.
Mientras la miraba me acordé de los niños que vemos bailar en TikTok, Instagram y otras redes sociales.
Los niños han bailado siempre. Y nos han imitado siempre. Copian canciones, gestos, maneras de hablar y, con una eficacia sorprendente, nuestras palabrotas.
Pero mirando a aquella niña me surgió una pregunta distinta.
Cuando un niño reproduce perfectamente un gesto adulto, ¿comprende también lo que ese gesto significa?
Muchas veces, probablemente no.
Copiar antes de comprender
Los niños tienen una habilidad formidable para observar y copiar lo que hacemos. Yo, en la consulta, suelo llamarla medio en broma un «defecto». Es una pequeña injusticia que cometo para recordar a los padres algo que olvidamos con facilidad: nuestros hijos nos miran mucho más de lo que creemos.
Y no solo cuando creemos que nos están mirando.
La psicología del desarrollo lleva décadas estudiando la imitación como uno de los grandes mecanismos del aprendizaje social. Los trabajos de Meltzoff y otros investigadores han mostrado cómo los niños utilizan las acciones de los demás para ir construyendo su propio repertorio de conductas.
Existe incluso un fenómeno bastante curioso llamado overimitation, algo así como «sobreimitación». Un niño puede copiar no solo las acciones necesarias para conseguir algo, sino también otras completamente innecesarias que ha visto hacer al adulto.
Si para abrir una caja yo doy primero dos golpecitos absurdos en la tapa, es bastante posible que el niño dé también los dos golpecitos.
Lo ha visto.
Esto, en el fondo, no es ningún defecto, aunque yo lo llame así. Es una de las razones por las que podemos transmitir conocimientos, costumbres y cultura de una generación a otra.
Pero tiene una consecuencia interesante: la capacidad para reproducir una conducta puede aparecer antes que la capacidad para comprender todo su significado.
Un niño puede utilizar una palabra sin conocer todos sus matices. Puede imitar un gesto sin comprender su intención. Y puede aprender una coreografía sin disponer todavía de todas las herramientas cognitivas, sociales y emocionales necesarias para interpretar los códigos que contiene.
TikTok no ha inventado nada de esto. Lo que ha hecho es multiplicar los modelos disponibles y la velocidad con la que llegan a los niños. Además, ahora esa imitación puede tener espectadores.
El baile no es el problema
Conviene decirlo porque es muy fácil equivocarse de enemigo.
Bailar no sexualiza a un niño. Mover las caderas tampoco. Ni una determinada prenda de ropa convierte por sí misma una conducta infantil en sexual.
Que una niña reproduzca durante treinta segundos una coreografía que nosotros interpretamos como sensual tampoco demuestra que conozca el significado sexual que los adultos atribuimos a esos movimientos.
Los adultos también ponemos significado en lo que miramos.
Por eso utilizaría con bastante prudencia expresiones como «niños hipersexualizados» después de ver simplemente un vídeo.
La sexualización es un fenómeno más complejo. La investigación suele hablar de ella cuando el valor de una persona queda excesivamente ligado a su atractivo o comportamiento sexual, cuando la apariencia adquiere un peso desproporcionado o cuando la persona empieza a ser contemplada fundamentalmente como objeto para la mirada de otros.
Aquí sí tenemos algunos datos que merece la pena conocer.
Los estudios sobre exposición infantil a medios sexualizados han encontrado asociaciones con autoobjetificación, mayor preocupación por la apariencia corporal y determinados estereotipos sexuales. Una revisión sistemática centrada en niñas de 6 a 12 años encontró predominantemente asociaciones desfavorables, aunque los propios autores advertían de las limitaciones de los estudios disponibles.
Otro estudio realizado con 300 niñas de entre 6 y 9 años encontró una asociación entre mayor exposición a medios sexualizados, mayor interiorización de esos mensajes y peor imagen corporal. Era un estudio correlacional. Eso importa: encontrar dos fenómenos asociados no demuestra que uno haya causado el otro.
Y esos trabajos tampoco responden exactamente a la pregunta que tenemos delante. No estudiaban a una niña haciendo un baile de TikTok en el salón de su casa.
Lo que probablemente estamos viendo muchas veces es algo más elemental: aprendizaje social.
Una niña observa una coreografía, intenta repetirla, comprueba que le sale y vuelve a hacerla. Alguien se ríe. Otro le dice que lo hace muy bien. Quizá recibe corazones, comentarios o visualizaciones.
No hace falta que comprenda completamente el significado del gesto para aprender que ese gesto produce una respuesta.
Esto sí introduce una diferencia respecto al viejo baile delante del espejo. Las redes sociales incorporan una respuesta inmediata y, además, cuantificable.
La American Psychological Association recuerda en sus recomendaciones sobre redes sociales y adolescencia que la autorregulación, la comprensión del riesgo y el manejo de la presión social continúan desarrollándose durante estos años. También señala algo importante: las redes sociales no son por sí mismas beneficiosas ni perjudiciales. Importan la edad, el contenido, la vulnerabilidad del niño o adolescente y la forma en que se utilizan.
Quizá llevamos demasiado tiempo preguntándonos únicamente cuántas horas pasan nuestros hijos delante de una pantalla.
A veces sería más interesante preguntar qué está ocurriendo dentro de ella.
Alguien sostiene el teléfono
Hay otra persona en muchos de estos vídeos que casi nunca aparece.
Es quien sostiene el móvil. Puede ser otro niño, un hermano, un amigo. Y muchas veces somos nosotros.
Una cosa es que una niña baile delante del espejo y otra que repitamos la escena porque la primera toma no ha quedado bien, seleccionemos el vídeo, lo publiquemos y esperemos la reacción de los demás.
La coreografía puede ser la misma, pero ya no sucede únicamente en el salón de casa.
Hemos convertido una conducta que podía ser simplemente un juego en algo destinado a una audiencia. Entonces la pregunta ya no es únicamente qué entiende el niño sobre el baile. También tenemos que preguntarnos qué entendemos los adultos sobre la exposición. No todo lo que un niño hace espontáneamente necesita convertirse en contenido. Hay cosas que pueden quedarse en el salón de casa.

Y llegamos a la pregunta que probablemente estaba desde el principio detrás de todo esto: ¿estamos hipersexualizando a los niños?
A veces quizá sí. Pero no podemos concluirlo viendo una coreografía de treinta segundos.
Una revisión sistemática y metaanálisis publicada por Mori y colaboradores en 2023, que reunió 27 estudios y más de 16.000 participantes de edades muy diversas, encontró una asociación entre la exposición a contenido sexual y una mayor probabilidad de conductas sexuales problemáticas. Los estudios, sin embargo, eran heterogéneos y una asociación no demuestra por sí misma causalidad.
Sobre el efecto concreto que puede tener en un niño reproducir ocasionalmente una coreografía con códigos que los adultos interpretamos como sexualizados, sabemos bastante menos.
No lo sabemos con precisión.
Y reconocerlo me parece más útil que transformar cada movimiento de cadera en una amenaza para el desarrollo infantil.
Sí sabemos bastante sobre otras piezas del problema. Los niños aprenden observando, buscan modelos y adquieren progresivamente la comprensión del significado social de las conductas. La autorregulación y la capacidad para anticipar consecuencias continúan madurando durante la infancia y la adolescencia.
Ahora todo eso sucede, además, en un entorno con algoritmos, recompensas sociales y audiencias que pueden ser enormes.
La OMS encontró en el estudio HBSC 2021-2022, realizado con adolescentes de 11, 13 y 15 años de 44 países y regiones de Europa, Asia central y Canadá, que un 11 % presentaba un patrón de uso problemático de redes sociales. Es un dato sobre adolescentes y sobre uso problemático de redes, no sobre niños pequeños bailando. Sirve, eso sí, para hacerse una idea del espacio que el mundo digital ocupa ya en sus vidas.
Por eso, ante uno de estos vídeos, probablemente preguntaría menos «¿debo prohibirle este baile?» y un poco más: ¿de dónde lo ha aprendido?, ¿sabe qué significa?, ¿para quién está bailando?, ¿hace falta publicarlo?, ¿quién podrá verlo?
Y hay una pregunta que nos corresponde a los adultos:
¿qué estamos celebrando cuando le pedimos que vuelva a hacerlo porque la primera toma no ha quedado bien?
Hace años los niños también nos imitaban.
Se ponían los zapatos de su madre, cogían el maletín de su padre, fingían hablar por teléfono. Jugaban a médicos, a maestros, a conductores.
Ahora siguen haciendo lo mismo.
Solo que el teléfono tiene una cámara.
Y detrás de la cámara puede haber medio mundo.
Dr. Jose A. Bilbao