El primer día de colegio o guardería: cómo prepararlo y acompañar los primeros días
El primer día de colegio no empieza cuando se abre la puerta del aula. Empieza mucho antes: cuando aparece la mochila nueva en casa, cuando hablamos de la profesora sin conocerla todavía, cuando alguien pregunta con buena intención pero quizá demasiadas veces: «¿Tienes ganas de empezar?».
Algunos niños dicen que sí, otros que no, y muchos cambian de opinión varias veces en la misma tarde. Es normal. Entrar en un lugar desconocido, separarse de las figuras de referencia y adaptarse a rutinas nuevas es un reto para ellos… y también para vosotros.
Como docentes, sabemos que ese primer día también es vuestro. Aunque confiéis en el centro, dejar a vuestro hijo en manos de otra persona por primera vez puede remover emociones. Por eso es importante preparar el momento con calma, sin dramatizarlo, pero sin fingir que no pasa nada.
Cada comienzo es distinto
No es igual volver después del verano que entrar por primera vez en una escuela infantil. Tampoco es lo mismo cambiar de aula que cambiar de centro. Cuando ya conocen el colegio, el reto suele ser recuperar horarios y despedirse de la libertad del verano. Cuando todo es nuevo, el esfuerzo es mayor: espacio, personas, sonidos, comidas, siesta… y la ausencia de la familia.
El objetivo no es que lleguen entusiasmados, sino que sepan —de forma adaptada a su edad— qué va a ocurrir y quién estará allí para acompañarlos.
Los días previos
Hablar con claridad y sin exagerar
Una explicación sencilla y concreta suele ser suficiente:
«El lunes iremos a la escuela. Te acompañaré hasta la puerta. Allí estará Marta, jugarás con otros niños y después volveré a buscarte».
En los más pequeños, es mejor relacionar la recogida con momentos del día que reconozcan: después de comer, de la siesta, de la merienda.
No hace falta repetirlo cada día ni preguntar constantemente si están nerviosos. Tampoco es necesario asegurar que todo será perfecto. Habrá cosas que les gusten y otras que les resulten extrañas. Lo importante es que sepan que podrán pedir ayuda.
Familiarizarse con el lugar
Si el centro lo permite, una visita previa al aula o al patio ayuda mucho. Si no, basta con pasar por delante, ver fotos o mirar juntos la web del colegio.
Con los más pequeños, jugar con muñecos o dibujar los momentos del día puede convertir lo desconocido en una historia comprensible.
Recuperar horarios poco a poco
Si en verano se han acostado más tarde, conviene acercar los horarios a los del curso sin hacerlo de golpe la noche anterior. También ayuda recuperar cierta regularidad en las comidas y preparar un desayuno sencillo y conocido.
Las mañanas con sueño, prisas y hambre complican cualquier separación.
Preparar juntos lo necesario
Involucrarles en preparar la mochila les da sensación de control. Enseñadles dónde irá el agua, la ropa de recambio o el almuerzo. Dejad que elijan entre dos prendas adecuadas.
La ropa debe ser cómoda y fácil de manejar. Y si el centro permite un objeto de apego, puede ser un buen puente entre casa y escuela.
Informar al centro
Es fundamental que el equipo educativo conozca alergias, medicación, dificultades de alimentación, necesidades de comunicación o cualquier situación familiar reciente que pueda influir en el niño.
También ayuda saber cómo se consuela, qué palabras usa para pedir agua o ir al baño, o si hay algo que le da miedo.
La noche anterior
Dejad la mochila y la ropa preparadas. Cuantas menos decisiones haya que tomar por la mañana, mejor.
La cena puede ser la habitual. No hace falta convertir la noche en un evento especial. Un ambiente tranquilo y una rutina de sueño conocida ayudan más que intentar generar entusiasmo.
Si dice que no quiere ir, podéis responder:
«Entiendo que no te apetezca porque todavía no conoces bien ese lugar. Mañana iremos juntos y allí te estará esperando tu profesora».
Aceptar su emoción no significa cambiar el plan.
La mañana del primer día
Levantarse con tiempo suficiente evita que todo empiece con tensión. Tampoco es necesario llegar demasiado pronto: esperar ante una puerta cerrada puede aumentar el nerviosismo.
La conversación debe ser concreta y serena. Recordad el plan sin preguntar repetidamente si está nervioso.
Si es posible, debería acompañarlo alguien que pueda sostener la despedida con calma.
La despedida
La despedida debe existir. Irse a escondidas puede evitar el llanto inmediato, pero deja al niño sin saber qué ha pasado.
Un ritual breve y repetible funciona muy bien: colgar la mochila, un abrazo, una frase clara y marcharse.
«Te quiero. Ahora te quedas con Ana y volveré después de la siesta».
Podéis reconocer su emoción sin negarla:
«Veo que estás triste.»
«Sé que te gustaría que me quedara.»
Evitemos frases como «no llores» o «no pasa nada». Sí pasa algo: nos estamos separando.


Lo que conviene evitar
- Marcharse sin avisar.
- Usar el colegio como amenaza.
- Mentir sobre lo que va a ocurrir.
- Ridiculizar su miedo.
- Compararlo con otros niños.
- Alargar la despedida.
- Premiar o castigar por llorar.
- Volver al aula después de haberse despedido.
- Llegar tarde sin avisar.
- Interrogarlo al salir.
- Hablar de él como si no estuviera.
- Ignorar señales de malestar persistente.
Si llora mucho
Muchos niños lloran en la despedida y se calman poco después. Otros necesitan más tiempo. Lo importante es cómo evoluciona el resto de la jornada.
Al recogerlo, preguntad al educador cómo ha ido: cuánto ha durado el llanto, si ha aceptado consuelo, si ha jugado, comido o dormido.
Si el centro propone una adaptación progresiva y la familia puede asumirla, suele ser útil, especialmente en la escuela infantil.
La recogida
Intentad llegar a la hora prometida. Para ellos, veros volver es la confirmación de que la historia que les contasteis era cierta.
Las reacciones pueden ser muy distintas: abrazos, llanto, enfado o seguir jugando como si nada. Todas son normales.
Una frase sencilla ayuda:
«Ya estoy aquí. He venido a buscarte, como te dije.»
Después, preguntas concretas suelen funcionar mejor que un «¿qué has hecho hoy?»:
«¿Dónde has jugado?»
«¿Quién te ha ayudado?»
«¿Qué ha sido lo más difícil?»
Y si no quiere hablar, también está bien.
Los primeros días
El segundo o tercer día pueden ser más difíciles que el primero. Ya saben que la separación se repite.
En casa pueden estar más cansados, irritables o demandar más contacto. No siempre es una regresión preocupante: es el esfuerzo de adaptarse.
Durante esa semana conviene:
- Reducir actividades por la tarde.
- Proteger las horas de sueño.
- Mantener horarios estables.
- Reservar tiempo para juego libre.
- Ofrecer más contacto y menos exigencias.
- Hablar con el centro sin hacerlo delante del niño.
Si ya iba al colegio y empieza un nuevo curso
Aunque conozca el edificio, puede cambiar de aula, profesor o compañeros. Las preocupaciones pueden centrarse en hacer amigos, sentirse aceptado o afrontar nuevas exigencias.
Revisad juntos horarios y material, hablad de los cambios concretos y permitid que exprese tanto ganas como inquietud.
Cuándo pedir ayuda
Conviene consultar con el centro o con el pediatra cuando:
- La angustia es muy intensa y persistente.
- No acepta consuelo durante buena parte del día.
- Deja de comer o dormir de forma mantenida.
- Presenta síntomas físicos repetidos antes de ir.
- Pierde habilidades ya adquiridas.
- El rechazo escolar se prolonga.
En mayores o adolescentes, una negativa repentina a asistir al colegio requiere investigar posibles dificultades académicas, sociales o emocionales.
Después del primer día llega el segundo
El primer día no tiene que ser perfecto. Puede haber lágrimas, prisas, mochilas olvidadas o desayunos a medias. Lo importante es la repetición: llegamos, nos despedimos, alguien me cuida y mi familia vuelve.
La confianza no nace cuando dejan de llorar, sino cuando empiezan a saber qué va a ocurrir.