Saltar al contenido
Inicio ›CRIANZA›Ser padres ›Tener miedo no te hace mala madre. Te hace humana.
Ser padres

Tener miedo no te hace mala madre. Te hace humana.

21 may. 2026 • 7 min de lectura • Revisado:
Tener miedo no te hace mala madre. Te hace humana.

Hay una cosa que pocas madres dicen en voz alta en la consulta, pero que muchas llevan dentro desde el embarazo: el miedo.

No hablo de un miedo enorme ni necesariamente de algo que impida hacer una vida normal. Hablo de ese otro miedo, mucho más cotidiano, que aparece casi sin avisar.

El que te hace acercarte a la cuna porque el bebé lleva demasiado rato sin hacer ningún ruido. El que aparece cuando tiene fiebre por primera vez. El que convierte una tos diferente en una duda a las tres de la madrugada. El que hace que, después de tomar una decisión, vuelvas a preguntarte si habrás hecho lo correcto.

Y detrás de muchas de esas pequeñas preocupaciones hay una pregunta bastante más grande:

¿Lo estaré haciendo bien?

Después de muchos años acompañando a familias he llegado a pensar que intentar criar sin miedo es probablemente imposible. Y quizá tampoco sería deseable.

El miedo forma parte del mecanismo que utilizamos para proteger aquello que nos importa. El problema no es que exista. El problema aparece cuando empieza a ocupar demasiado espacio.

El miedo empieza antes de tener al bebé en brazos

A veces comienza durante el embarazo. Todo parece ir bien y, aun así, aparece el temor a que algo cambie. Una ecografía. Un resultado. Un movimiento que hoy hemos notado menos. Después llegará el miedo al parto: al dolor, a no poder, a perder el control o a que algo salga mal.

Resulta curioso que podamos hablar durante semanas del cochecito, de la habitación, del nombre o de cómo queremos alimentar al bebé y que cueste mucho más decir simplemente:

Tengo miedo.

Quizá porque alrededor del embarazo existe cierta obligación de estar feliz. Y una mujer puede estar tremendamente ilusionada por la llegada de su hijo y, al mismo tiempo, sentirse asustada. Una cosa no invalida la otra. El embarazo y el parto son acontecimientos físicos y emocionales enormes. Tener incertidumbre ante ellos no significa ser débil ni estar menos preparada para ser madre. Significa que está ocurriendo algo importante.

Después nace el bebé y el miedo cambia

Hasta ese momento buena parte de los temores eran imaginados. Ahora el miedo pesa tres kilos, tiene un cuello que parece increíblemente frágil y depende completamente de vosotros. Y empiezan las preguntas.

¿Estará comiendo suficiente? ¿Respira bien? ¿Por qué hace ese ruido? ¿Ese color de las deposiciones es normal? ¿Por qué hoy duerme tanto? ¿Y por qué ayer no durmió nada? ¿Puede atragantarse? ¿Esa fiebre será importante?

Como pediatra he escuchado estas preguntas miles de veces. También he visto muchas veces a unos padres entrar en la consulta preocupados y, cuando terminamos de explorar al niño, decir casi disculpándose:

—Perdona, seguramente hemos venido por una tontería.

Siempre me ha parecido una disculpa innecesaria. Para saber que algo no era importante, primero había que aprender a reconocerlo. Eso también forma parte de convertirse en padres.

El radar de madres y padres

Cuando llega un hijo empezamos a prestar atención a señales que antes ni siquiera sabíamos que existían.

Una respiración distinta. Una forma de llorar. Una toma que no ha terminado. Un niño que hoy está menos activo. Un pequeño cambio de comportamiento que probablemente nadie más habría advertido. No es casual.

Durante el embarazo y después del nacimiento se producen cambios en los sistemas cerebrales relacionados con el vínculo, la atención, la respuesta emocional y la detección de señales relevantes del bebé. La biología también nos prepara para cuidar. Ese radar es útil.

Muchas veces, cuando una madre me dice «no sé explicarte qué le pasa, pero no está como siempre», presto atención. Quien convive con un niño conoce pequeños cambios que desde fuera pueden pasar desapercibidos.

Pero cualquier alarma puede volverse demasiado sensible.

Y ahí está una de las cosas más difíciles de aprender durante la crianza: distinguir entre una preocupación que nos ayuda a actuar y otra que simplemente nos mantiene permanentemente en alerta.

No se aprende el primer día. Se aprende criando.

Y alrededor todo el mundo tiene una opinión

A ese miedo inevitable hemos añadido algo muy propio de nuestra época: una cantidad casi infinita de información.

La abuela opina. La vecina también. El grupo de WhatsApp tiene una respuesta. Instagram ofrece diez más. Y Google, especialmente de madrugada, puede convertir prácticamente cualquier síntoma en una tragedia.

«Abrígalo más».

«No lo cojas tanto».

«Ese niño se queda con hambre».

«Pues el mío dormía toda la noche».

«Yo no haría eso».

La tribu es necesaria. Puede acompañar, descargar, escuchar y sostener cuando ya no podemos más. Pero también puede hacer mucho ruido. Las redes sociales han añadido además una comparación especialmente injusta: enfrentamos nuestra vida cotidiana con la parte de la vida de los demás que ellos han decidido enseñarnos. Vemos bebés que duermen, niños que comen verduras encantados, habitaciones ordenadas y padres que aparentemente nunca pierden la paciencia. Mientras tanto, el nuestro acaba de tirar los macarrones al suelo. No creo que a las familias actuales les falte información.Muchas veces ocurre justo lo contrario.

Lo difícil es saber cuál merece nuestra atención.

¿Seré una buena madre? ¿Seré un buen padre?

Este miedo suele llegar de otra manera.

No aparece como motivo de consulta. Aparece después de haber perdido la paciencia, cuando la casa finalmente queda en silencio, conduciendo, en la ducha o al acostarnos.

¿Lo estaré haciendo bien?

Lo sienten quienes acaban de tener su primer hijo y quienes ya tienen varios. Quienes han leído todos los libros de crianza y quienes no han abierto ninguno.

Porque tener experiencia ayuda, pero no elimina las dudas. Cada hijo vuelve a hacernos principiantes en algunas cosas.

En El miedo y yo, Bisila Bokoko plantea una idea interesante: el miedo no solo nos limita; también puede señalarnos aquello que realmente nos importa.

Quizá por eso la pregunta «¿seré una buena madre?» pesa tanto.

No necesitamos conseguir que desaparezca por completo. Necesitamos evitar que esa duda permanente termine convenciéndonos de que nunca hacemos nada suficientemente bien. Porque tampoco existe esa crianza perfecta con la que tantas veces nos comparamos.

Los padres también tienen miedo

Durante mucho tiempo hemos hablado fundamentalmente del miedo de las madres. Pero los padres también lo sienten. A veces de otra manera y, sobre todo, con menos facilidad para decirlo.

Está el padre que conduce hacia urgencias intentando parecer tranquilo mientras por dentro está tan preocupado como su pareja. El que busca síntomas en internet de madrugada sin contárselo a nadie. El que cree que su papel consiste en mantener la calma porque alguien tiene que hacerlo.

A muchos hombres les enseñaron que cuidar significaba resolver problemas, no explicar cómo se sentían.

Por eso el miedo puede aparecer como silencio, irritabilidad, necesidad de controlarlo todo o preocupación excesiva por encontrar una solución.

Pero convertirse en padre también cambia la manera de mirar el mundo. De repente hay alguien cuya seguridad importa más que la propia. Y eso asusta.

Cuando el miedo deja de ser el miedo normal de criar

No todo debe normalizarse. Hay una diferencia entre preocuparse por un hijo y vivir atrapado por la preocupación.

La ansiedad y la depresión durante el embarazo y el posparto existen, pueden afectar tanto a madres como a padres y todavía pasan desapercibidas con demasiada frecuencia.

Hay madres que no consiguen descansar ni siquiera cuando el bebé duerme. Pensamientos que aparecen una y otra vez y que no pueden apartar. Una sensación permanente de que algo terrible va a suceder. Angustia difícil de controlar. Tristeza que se mantiene. Incapacidad para disfrutar. Culpa constante.

Eso ya no debe despacharse con un «es normal, acabas de ser madre». Y tampoco hay que aguantar hasta no poder más.

Cuidar la salud mental de los padres también es cuidar al niño.

Pedir ayuda no significa que algo haya salido mal. Significa reconocer que hay momentos en los que necesitamos que alguien nos acompañe.

Cuando proteger demasiado empieza a impedir crecer

El miedo tiene otra trampa. Puede empezar intentando proteger y acabar evitando que nuestros hijos hagan cosas que necesitan hacer. No subas ahí. No corras. Ten cuidado. No te alejes. Espera, que te ayudo. Mejor lo hago yo.

No suele hacerse conscientemente. Ningún padre piensa: voy a impedir que mi hijo aprenda a desenvolverse solo. Pensamos algo mucho más sencillo:

No quiero que le pase nada.

El problema es que crecer incluye algunas cosas que los padres no podemos evitar: Frustrarse. Equivocarse. Aburrirse. Separarse progresivamente de nosotros. Tener algún conflicto. Caerse alguna vez. Descubrir que no siempre se gana. Intentar algo y comprobar que todavía no sabe hacerlo. Todo ello, naturalmente, dentro de unos límites adecuados para cada edad.

La sobreprotección casi nunca nace de querer limitar a un hijo. Muchas veces nace precisamente de quererlo tanto que nos cuesta tolerar que pueda sufrir.

Pero nuestros hijos necesitan comprobar algo fundamental: que pueden enfrentarse poco a poco a las dificultades y que nosotros seguiremos estando allí sin tener que resolverlas todas por ellos.

Yo también tuve miedo

Ser pediatra no te vacuna contra nada de esto. Lo aprendí cuando nació nuestro hijo.

Los años anteriores habían coincidido con muchas guardias, prematuros, niños graves y noches tomando decisiones importantes. Había visto demasiadas cosas que podían salir mal. Y entonces llegó él. Además, resultó ser poco comedor. De esos niños capaces de desesperar a cualquier familia y probablemente un poco más a un pediatra que conoce demasiado bien las curvas de crecimiento. Miré percentiles más veces de las necesarias. Analicé demasiado. Comparé demasiado. Me preocupé demasiado. Hoy mide 1,78.

Han tenido que pasar bastantes años para poder resumirlo así. Pero aquella experiencia me enseñó algo que después he recordado muchas veces cuando unos padres preocupados se han sentado delante de mí.

Puedes conocer la fisiología. Puedes saber interpretar una gráfica de crecimiento. Puedes haber atendido a miles de niños. Pero cuando el niño es el tuyo, dejas de ser solamente pediatra.

Eres padre. Y las reglas cambian.

Aprender a convivir con el miedo

No creo que la solución sea intentar criar sin miedo. Probablemente sea aprender a reconocerlo.

Preguntarnos de vez en cuando si ese miedo nos está ayudando a proteger o si está empezando a impedirnos disfrutar. Si existe un problema real que requiere nuestra atención o llevamos tanto tiempo en alerta que ya no sabemos desconectar.

Hablar ayuda. Con nuestra pareja, con otros padres, con el pediatra, con profesionales de salud mental cuando sea necesario o simplemente con alguien capaz de escuchar sin responder inmediatamente con otro consejo.

Porque la maternidad y la paternidad nunca estuvieron pensadas para recorrerse en soledad.

Durante años hemos hablado del embarazo, del parto y de la crianza como si lo único verdaderamente importante fuera que el niño estuviera bien.

Pero los niños no crecen aislados. Crecen entre personas. Y esas personas también necesitan estar bien.

Una última cosa

Después de tantos años viendo entrar familias en una consulta hay una escena que se repite.

Padres preocupados porque creen que están haciendo algo mal. Están cansados. Tienen dudas. A veces pierden la paciencia. Un día toman una decisión y al siguiente piensan que quizá habría sido mejor hacer otra cosa.

Como todos. Criar un hijo no consiste en hacerlo todo bien. Ni siquiera los pediatras lo conseguimos.

Consiste probablemente en algo mucho más cotidiano: estar, observar, equivocarse, aprender y volver a intentarlo al día siguiente.

El miedo seguirá por allí. A veces nos avisará de algo importante. Otras veces tendremos que decirle que se aparte un poco y nos deje respirar. Pero probablemente nunca desaparezca del todo.

Al fin y al cabo, llegó cuando apareció en nuestra vida alguien a quien queríamos proteger incluso más que a nosotros mismos..

Compartir
WhatsApp Facebook LinkedIn X