Alcohol y bebidas energéticas: cómo actúan en el cerebro adolescente (y por qué no son “solo bebidas”)
Hay una frase que sigue circulando en muchas casas:
"Bueno… son cosas de adolescentes. Ya se les pasará."
Te lo resumo. El cerebro adolescente madura de atrás hacia delante, y la parte que frena los impulsos es la última en terminarse. El alcohol apaga primero ese freno. La cafeína de las energéticas esconde el cansancio sin quitarlo y roba sueño, que es cuando el cerebro consolida lo aprendido. Mezclados, el chico sigue igual de borracho pero se nota menos, y bebe más. Lo que preocupa es el hábito repetido desde edades tempranas más que una noche suelta.
En muchas casas sigue circulando la misma frase: «Bueno, son cosas de adolescentes. Ya se les pasará». Se entiende. Los vemos crecer tan deprisa, y a veces nos sacan ya una cabeza, que es fácil pensar que su cuerpo aguanta como el de un adulto. En la entrada anterior hablé de qué lleva una lata de bebida energética y de cuánto se consume. Hoy toca lo que pasa después de beberla, y también después de la primera copa, porque el alcohol y la cafeína no actúan sobre un adulto en pequeño. Actúan sobre un cerebro que todavía se está construyendo.
Un cerebro en obras
Aunque por fuera parezcan adultos, su cerebro sigue madurando durante años. Las zonas que controlan los impulsos, planifican, toman decisiones, regulan las emociones y calculan el riesgo terminan de desarrollarse hasta bien entrada la veintena. La que más tarda es la corteza prefrontal, la región que está justo detrás de la frente y que hace de freno.
Mientras tanto, el sistema límbico, que maneja las emociones, la recompensa y el gusto por lo nuevo, funciona a pleno rendimiento desde el principio de la adolescencia. Dicho en lenguaje de casa, el acelerador emocional está listo años antes que el freno. Sobre ese desequilibrio actúa todo lo que viene a continuación.
Qué hace el alcohol en el cerebro adolescente
El alcohol es un depresor del sistema nervioso. La sensación de que «anima» o «suelta» se debe a que apaga primero las zonas que ponen límites a la conducta.
Lo primero que se resiente es la corteza prefrontal, y con ella el juicio, el autocontrol y la capacidad de anticipar lo que va a pasar. Por eso un adolescente que ha bebido se siente más seguro de lo que debería, quita importancia a los riesgos y actúa por impulso. Su cerebro ha perdido antes el control ejecutivo, y eso tiene poco que ver con las ganas de portarse mal.
Al mismo tiempo, el alcohol aumenta de forma indirecta la dopamina en los circuitos de recompensa, que es la señal química del placer y del «esto hay que repetirlo». Un cerebro inmaduro aprende muy deprisa a repetir lo que le hace sentir bien en el momento, y le cuesta mucho más valorar lo que pagará después.
Además, el alcohol altera el hipocampo, la estructura que fija los recuerdos. Eso se traduce en peor memoria, más dificultad para aprender y las conocidas «lagunas» después de una noche de mucho beber. En una edad en la que se aprende de todo, en clase, con los amigos y con uno mismo, esto pesa.

Qué hacen las bebidas energéticas en el cerebro adolescente
LSu ingrediente activo es la cafeína, a menudo reforzada con guaraná. La taurina y el resto de añadidos tienen mucha presencia en la etiqueta y poco efecto demostrado.
A lo largo del día, el cerebro va acumulando una sustancia llamada adenosina, que es su forma de avisar de que necesita descansar. La cafeína ocupa los receptores de la adenosina y bloquea ese aviso. No aporta energía, solo impide notar el cansancio. Es como tapar con cinta el testigo del aceite del coche: la luz se apaga y el motor sigue igual de seco.
El resultado es más activación, más sensación de energía y más capacidad para aguantar despierto, a cambio de nerviosismo, ansiedad, palpitaciones y un sueño peor. Como contaba en la entrada anterior, la AESAN calcula que a partir de 60 mg de cafeína, menos de una lata pequeña, el sueño de un chico de 11 a 17 años ya puede alterarse.
Creo que ese es el daño más infravalorado. Mientras duerme, el cerebro adolescente consolida lo que ha aprendido, ordena las emociones del día y se moldea. Un chaval que duerme mal semana tras semana atiende peor en clase, recuerda menos y aprende con más esfuerzo. Y como al día siguiente está cansado, la tentación es tomar otra lata, que es justo como empieza el círculo.
La salud mental
En enero de 2024, investigadores de las universidades de Newcastle y Teesside revisaron 57 estudios con más de 1,2 millones de niños y jóvenes de más de 21 países y publicaron sus conclusiones en la revista Public Health. Quienes tomaban bebidas energéticas tenían más ansiedad, estrés, depresión y pensamientos suicidas, además de más síntomas de hiperactividad y falta de atención. Ese mismo año, una revisión sistemática en la revista SANUS encontró la misma relación con la ansiedad, la depresión y, en menor medida, la agresividad y el riesgo suicida, sobre todo en los chicos.
Conviene leer bien estos datos. Casi todos los estudios incluidos fotografían un momento concreto, y con ese diseño no se puede saber qué va primero. Es posible que las bebidas empeoren el ánimo, que el chico que ya está mal o que tiene un TDAH sin diagnosticar busque en ellas un apoyo, o que ambas cosas se alimenten entre sí a través del sueño. Los propios autores piden estudios que sigan a los chicos durante años. Aun así, la señal se repite en muchos países y con muchos métodos, y eso es suficiente para tomársela en serio.
Cuando se mezclan
El vodka con bebida energética es uno de los combinados más habituales del ocio adolescente, y uno de los más traicioneros. Junta una sustancia que deprime el sistema nervioso con otra que lo activa. El chico sigue igual de intoxicado, pero se nota menos sedado, así que bebe más, se arriesga más y calcula mal cuánto lleva. Esta mezcla se ha asociado a más atracones de alcohol, más conductas de riesgo, más accidentes y borracheras que se reconocen tarde. En España, casi uno de cada cinco estudiantes de 14 a 18 años la había tomado en el último mes, según ESTUDES 2023, y uno de cada diez entre los de 12 y 13.
Lo que de verdad preocupa
Una noche aislada no convierte a nadie en un problema, y llenar cada fin de semana de alarmas en casa tampoco ayuda. Lo que me preocupa como pediatra es el patrón: empezar pronto, repetir a menudo, asociarlo a la diversión con los amigos y que el cerebro aprenda la lección a fuerza de repetirla. A esta edad se aprende muy rápido, también lo que no conviene.
Muchas familias hablan de estas bebidas como si fueran ocio o una moda. Desde dentro de la cabeza del adolescente son sustancias que cambian la química de un cerebro que todavía está aprendiendo a regularse. Entender eso cambia la conversación en casa. Las prohibiciones a secas, desde el miedo, suelen durar poco. Funciona mejor explicarles, sin dramatizar y sin suavizar, qué les pasa por dentro cuando beben, y escuchar qué buscan en esa lata o en esa copa.
El alcohol quita el freno y la bebida energética pisa el acelerador, en un cerebro que todavía está aprendiendo a conducir.