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Alcohol y drogas

Bebidas para estudiar, para entrenar, para jugar y para la foto

15 may. 2026 • 6 min de lectura • Revisado:
Bebidas para estudiar, para entrenar, para jugar y para la foto

Tiempo de lectura: 7 minutos

Te lo resumo. Alrededor de las energéticas ha crecido una familia de bebidas que se venden como ayudas para concentrarse, entrenar, jugar o cuidarse. Casi todas las que prometen rendimiento funcionan con cafeína, a veces en dosis mayores que una lata de Monster. Las que prometen salud o un cuerpo mejor suelen sobrar en una dieta normal. Y muchas se toman sobre todo para pertenecer a un grupo. Lo que más me preocupa es la lección de fondo, la de que hace falta tomar algo para rendir.


Hay algo que muchos padres no ven venir. Con el alcohol del fin de semana estamos sobre aviso desde hace años, y las latas de energética de la nevera al menos las reconocemos por el nombre. Lo nuevo son botes con nombres en inglés que suenan más a suplemento deportivo que a bebida, polvos de colores que se disuelven en agua antes de ponerse a estudiar, batidos que aparecen en la mochila sin que nadie los haya comprado en el súper de siempre. Cuando preguntas, la respuesta suele ser alguna de estas: «Es para concentrarme», «es para el entreno», «es lo que toma todo el mundo».

En las dos entradas anteriores hablé de las bebidas energéticas y de lo que ellas y el alcohol hacen en el cerebro adolescente. Hoy quiero hablar de lo que ha crecido a su alrededor, una generación de bebidas pensadas para estudiar más, entrenar más, jugar más horas, verse mejor o, sencillamente, estar en la tendencia del momento. Sospecho que esta última razón pesa más que todas las demás.

Del botellón al «boost»

Cuando nosotros éramos adolescentes, una bebida servía para quitar la sed, refrescar o acompañar la comida. Muchas de las que toman hoy nuestros hijos prometen otra cosa: concentración, fuerza, un cuerpo distinto, activación mental, un sitio en el grupo. Lo que se vende ya es una versión mejorada de uno mismo, y para un chico que está construyendo su identidad, que nota la presión del instituto y que compara su cuerpo con el de los demás, ese mensaje tiene mucha fuerza.

Durante años, cuando pensábamos en bebidas problemáticas en la adolescencia, la imagen era el botellón del sábado. Esa imagen se ha quedado corta. Muchos adolescentes beben ahora para rendir, para concentrarse o para aguantar más horas estudiando o delante de una pantalla. Desde fuera puede parecer un avance, y algún padre lo dirá con alivio: al menos no bebe para emborracharse. Pero ese cambio tiene consecuencias que conviene entender.

Para estudiar y para jugar

Si tu hijo tiene exámenes importantes, está en bachillerato o siente que tiene que rendir más, es probable que conozca estas bebidas o que ya las tome. Se venden como ayudas para la concentración, para el estudio o para los videojuegos competitivos, que en la práctica son el mismo producto con dos públicos. Sus nombres suenan a tecnología, con palabras como focus, neuro o performance, y sus envases parecen más un aparato que una bebida.

Por dentro se parecen mucho a una energética. El principio activo real es la cafeína, acompañada de L-teanina, vitaminas del grupo B, taurina y una lista de ingredientes con nombres complicados que dan sensación de rigor científico sin que haya estudios que la respalden. G Fuel, que se presenta como la bebida oficial de los deportes electrónicos, lleva 140 mg de cafeína por ración en polvo y hasta 300 mg en sus latas, casi el doble que una lata grande de Monster.

Lo que más me preocupa es lo que significan para quien las toma. Un chico que bebe una de estas no siente que esté tomando un estimulante, sino que usa una herramienta para rendir. Con esa idea baja la guardia, el consumo se normaliza y cada examen, cada partida larga o cada tarde de estudio se convierte en una ocasión para repetir. Además, quienes las anuncian no son médicos sino streamers y creadores de contenido con audiencia mayoritariamente adolescente, alguien a quien tu hijo admira y sigue a diario en Twitch, YouTube o TikTok. Suelen conectar con chavales que ya duermen poco y pasan muchas horas conectados, y les enseñan que para reaccionar rápido o aguantar toda la tarde delante de la pantalla hace falta algo que les active. Una vez instalada esa asociación, cuesta mucho deshacerla.

«Es para el gimnasio»

Hace unos años los pre-workouts, los preparados que se toman antes de entrenar, eran cosa del culturismo adulto. Hoy salen en TikTok, se comentan en los vestuarios del instituto y se compran por internet sin que nadie pregunte la edad. Prometen más energía, más fuerza y más intensidad, y para conseguirlo suelen llevar mucha cafeína. Un análisis de quince productos vendidos en Australia encontró entre 91 y 387 mg por toma, y en algunos la cantidad real llegaba al 176 % de lo que decía la etiqueta. En el extremo alto, eso equivale a tres o cuatro cafés de golpe, a menudo junto a otros ingredientes cuya seguridad en adolescentes nadie ha estudiado.

Más que la dosis, me inquieta lo que aprenden. Hay chicos de 14 o 15 años que ya creen que sin ese bote no pueden entrenar bien, que el cansancio es un fallo que se arregla con una bebida y que el cuerpo necesita ayuda química para funcionar. Es un aprendizaje muy temprano y sus consecuencias van mucho más allá del gimnasio.

«Quiero ganar músculo»

Batidos de proteínas, cafés proteicos, bebidas listas para tomar. Hace pocos años eran productos de gimnasio especializado. Hoy están en el súper, en las máquinas del gimnasio y en cualquier cuenta de TikTok sobre fitness. Su objetivo es distinto al de las anteriores, porque buscan construir el cuerpo que se desea más que rendir en el momento.

La mayoría de los adolescentes que las toman no las necesitan, porque una alimentación normal cubre de sobra sus necesidades de proteínas. Las toman porque forman parte de una imagen y de un grupo al que quieren pertenecer. Detrás de ese bote hay a veces presión estética, inseguridad con el propio cuerpo y una búsqueda de aprobación que merecen más atención que el bote.

«Pero si es sano»

Aguas con vitaminas, bebidas con electrolitos, refrescos healthy, bebidas detox. Esta categoría activa un autoengaño muy eficaz, y no solo en adolescentes. Cuando un producto se presenta como natural, fit, zero o wellness, se nos relaja el sentido crítico y damos por hecho que se puede tomar sin límite. Muchas llevan azúcar añadido, cafeína poco visible o ingredientes innecesarios para alguien que no hace ejercicio intenso.

Ese halo de salud no es un despiste de nuestros hijos. Es una estrategia de marketing pensada para aprovechar el deseo sincero de cuidarse, y funciona igual de bien con los adultos.

«Es que están en todas partes»

Con el bubble tea, los frapés gigantes, los cafés virales o las bebidas de colores imposibles, lo nutritivo pasa a un segundo plano. Lo que importa es la experiencia, la estética, la foto y formar parte de lo que está pasando. Reúnen todo lo que favorece la viralidad: colores llamativos, combinaciones personalizadas, tamaños exagerados y ediciones limitadas que «solo duran esta semana».

Aquí aparece algo clave para entender a esta generación, el miedo a quedarse fuera, lo que en inglés llaman FOMO (fear of missing out). Muchos adolescentes no prueban estas bebidas porque tengan sed, ni porque busquen rendir, ni siquiera porque les gusten mucho. Las prueban porque salen en TikTok cada día, porque ya las ha probado todo el mundo y porque forman parte de una conversación de la que no quieren quedarse fuera. Antes de despacharlo como superficialidad, conviene recordar lo que era tener 14 años y lo mucho que importaba pertenecer.

Lo que el marketing entendió antes que nosotros

Las marcas que venden estas bebidas conocen muy bien la adolescencia. Venden identidad, comunidad y aprobación, y muchas veces el producto real es la sensación de ser alguien que cuida su rendimiento, su cuerpo o su imagen. Para un chico que todavía está averiguando quién es, esa sensación vale mucho dinero.

Lo que me preocupa como pediatra

No todas estas bebidas son igual de peligrosas, ni mucho menos. Un bubble tea de vez en cuando no se parece a un pre-workout de 300 mg de cafeína antes de cada entreno. Lo que me preocupa es el patrón que se está instalando, la idea de que el cuerpo y la cabeza no bastan por sí solos, de que el cansancio es un error que hay que corregir y de que el rendimiento se compra. Esa idea cambia lo que beben, y también cómo entienden el esfuerzo, cómo llevan la presión, cómo se relacionan con su cuerpo y qué esperan de sí mismos.

Cuando encuentres un bote raro en la mochila, o tu hijo te diga que necesita «algo para concentrarse» antes del examen, merece la pena mirar qué lleva dentro. Pero la pregunta que abre la conversación de verdad es otra: qué necesita tu hijo que siente que no puede conseguir sin eso.

Dr. Jose A. Bilbao
Pediatra

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