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Alcohol y drogas

No todos los adolescentes que beben son iguales: 4 perfiles que debes conocer

5 may. 2026 • 6 min de lectura • Revisado:
No todos los adolescentes que beben son iguales: 4 perfiles que debes conocer

Te lo resumo. Más de uno de cada tres chavales de 12 y 13 años ya ha probado el alcohol, y a los 14 la mitad lo ha hecho. Las chicas beben ya tanto como los chicos. No todos los adolescentes beben igual, y en la consulta me sirve distinguir cuatro perfiles. Cuando uno llega borracho a casa, esa noche toca vigilar que esté seguro, y la conversación se deja para el día siguiente, empezando por entender y dejando las consecuencias para después.


Hace unas semanas vino a la consulta una madre a pedir consejo sobre su hija de 13 años. No traía fiebre ni ningún otro síntoma. Había encontrado en el móvil de la niña fotos de una fiesta en la que había alcohol, y su hija estaba en primero de la ESO.

No era la primera vez que escuchaba esa historia. Llevo meses oyendo versiones distintas de ella, y me acordé del estudio piloto que el Ministerio de Sanidad hizo con alumnos de primero y segundo de la ESO: el 34,6 % de los chavales de 12 y 13 años había tomado alcohol al menos una vez, y las chicas de esa edad declaraban más borracheras que los chicos. El primer contacto llega antes del instituto, o justo al entrar.

Esta entrada no pretende resumir estadísticas, que para eso están los informes oficiales. Quiero proponer una forma de clasificar a los adolescentes según cómo beben, porque me ayuda a hablar con ellos y con sus familias de manera más concreta.

Lo que dicen los datos

La encuesta ESTUDES de 2025 trae noticias mejores de lo que muchos esperan. El 73,9 % de los estudiantes de 14 a 18 años ha probado el alcohol, dos puntos menos que en 2023, y algo más de la mitad ha bebido en el último mes. Las borracheras del último mes han bajado al 17,2 % y los atracones (cinco o más copas en un par de horas) al 24,7 %, los niveles más bajos desde el año 2000, según el Ministerio de Sanidad. La edad media del primer trago sigue en torno a los 14 años, y la de la primera borrachera, en los 14 y medio.

Es una buena tendencia, pero no conviene bajar la guardia. Con la mitad de los estudiantes de secundaria bebiendo cada mes y uno de cada seis emborrachándose, la mayoría de las familias con hijos adolescentes se van a encontrar con esto antes o después. Y hay un dato que rompe un estereotipo muy asentado: en 2023, las chicas de 14 a 18 años bebían algo más que los chicos en el último mes, 58,7 % frente a 54,5 %, una diferencia que ha ido creciendo con los años, y en los atracones estaban prácticamente igualados.

Cuatro maneras de beber

No todos los adolescentes que beben lo hacen igual, ni necesitan la misma respuesta. Esta clasificación no sale de ninguna guía. Es la que uso desde hace tiempo en la consulta, cuatro perfiles con cuatro formas de entrar en la conversación, y me parece útil compartirla.

El que empieza pronto (12-13 años)

Es el que más me preocupa. A los 12 o 13 años el cerebro está en plena construcción de la memoria, la toma de decisiones y la regulación emocional, y el alcohol interfiere justo en esos procesos. Algunos estudios que siguen a los chicos durante años han encontrado cambios en el desarrollo cerebral con consumos que a un adulto le parecerían anecdóticos.

Este perfil casi nunca llega a la consulta por su cuenta. El chaval no lo cuenta, los padres no lo saben y el pediatra no pregunta porque no lo tiene en el radar. Una pregunta directa, si ha probado el alcohol, en la revisión de los 12 años puede cambiar eso.

El que bebe en las fiestas (14-16 años)

Es con diferencia el más frecuente y el que menos alarma genera. Bebe en fiestas y fines de semana, lo vive como algo normal porque en su entorno lo es, y si le preguntas si cree que tiene un problema te mira como si te hubieras vuelto loco.

Con este perfil el alarmismo no sirve. Funciona mejor preguntar con curiosidad sincera por qué bebe, qué pasaría si un día no bebiera y si sabe qué le hace el alcohol a un cerebro de 15 años. Tiene que ser una conversación de verdad, porque en cuanto suena a interrogatorio se cierra.

La que bebe para soltarse (chicas, 15-18 años)

Cuando cuento a los padres que las chicas de 16 años beben tanto como los chicos de su edad, o más, muchos no me creen a la primera. Pero es lo que dicen los datos. El cuerpo influye, porque con el mismo peso una chica tiene menos agua corporal y metaboliza peor el alcohol, de modo que la misma cantidad le sube más. Pero la explicación va más allá de la fisiología.

En este perfil el alcohol aparece a menudo como una forma de manejar las emociones: para soltarse, para encajar, para no notar el peso de la ansiedad social. Eso cambia mucho la conversación, porque beber para aguantar una situación tiene poco que ver con beber para divertirse.

El que bebe de forma habitual (17-18 años)

Son pocos, pero son los que más me preocupan a largo plazo. Beben a menudo y en cantidad, y muchas veces mezclan el alcohol con bebidas energéticas. Como contaba en una entrada anterior, la cafeína tapa la sensación de borrachera, así que acaban bebiendo mucho más de lo que ellos mismos considerarían excesivo.

Cuando veo este perfil en la consulta, no me quedo en el alcohol. Pregunto cómo va en el instituto, cómo están las cosas en casa y si duerme bien. Casi siempre hay algo más debajo. A los 17 años, beber de forma habitual rara vez es solo una costumbre social.

«Ha llegado borracho a casa. ¿Qué hago?»

Es una de las frases que más he escuchado a los padres en los últimos años. Suele venir con algo que no se dice pero se ve en la cara, una mezcla de vergüenza, rabia y un miedo que no saben muy bien dónde poner. Los que vienen a preguntar suelen querer entender lo que ha pasado, además de castigar y cerrar el tema, y eso facilita mucho lo que viene después.

En esta situación hay dos momentos muy distintos, esa misma noche y el día siguiente, y conviene no mezclarlos.

Esa misma noche

Cuando un adolescente llega borracho a casa, la única prioridad es que esté seguro. La conversación importante no se puede tener esa noche y es mejor no intentarla.

Hay que llamar al 112 si no responde o está inconsciente, si vomita y no consigue mantenerse despierto, si respira muy despacio o de forma irregular, si tiene convulsiones o si se le ponen azulados los labios o las uñas. Una intoxicación grave en un adolescente es una urgencia médica y no algo que se duerme y se pasa.

Si está borracho pero sin ninguna de esas señales, lo que toca es acompañarle a su habitación sin escenas ni sermones, porque el alcohol ya le va a hacer pasar bastante mal rato. Si está muy adormilado, hay que tumbarlo de lado y nunca boca arriba, para que no se atragante si vomita. Conviene no dejarlo solo las primeras horas, porque el alcohol sigue absorbiéndose y puede empeorar aunque parezca estable. Si está consciente y traga bien, puede beber agua. El café, la ducha fría y provocarle el vómito no ayudan y pueden ser peligrosos.

Al día siguiente

Aquí es donde más veo equivocarse a los padres, y lo entiendo. Han pasado una noche horrible, están enfadados y asustados, y quieren que su hijo entienda que lo que hizo está mal. Lo natural es entrar en modo interrogatorio, con preguntas como «¿con quién estabas?» o «¿de dónde sacaste el dinero?», o directamente en modo sentencia, con un «estás castigado un mes». Así la conversación se cierra antes de empezar, y es justo la conversación lo que más necesitáis.

Eso no quiere decir que no haya consecuencias. Tiene que haberlas, pero importa el orden: primero entender y después actuar. Algunas frases cierran la puerta y otras la abren.

Frases que cierranFrases que abren
«Eres un irresponsable»«¿Qué pasó anoche? Cuéntamelo»
«¿En qué hemos fallado como padres?»«¿Cómo te encuentras ahora?»
«Yo a tu edad nunca hice eso»«¿Era la primera vez o ya había pasado antes?»
«Tampoco es para tanto, todos lo hemos hecho»Explicarle, sin sermón, qué le hace el alcohol a su cerebro

Tiene que ser una conversación y no un monólogo. Si siente que el juicio ya está dictado, se cierra, y entonces perdemos la ocasión de influir en lo que venga después.

Cuándo puede haber algo más

Una vez no hace costumbre, y un adolescente que llega borracho un sábado no tiene por qué tener un problema con el alcohol. Pero hay situaciones que merecen más atención. Por ejemplo, que no sea la primera vez o que la familia sospeche que lleva tiempo pasando, o que el chico se muestre del todo indiferente, como si no hubiera ocurrido nada. También es importante si antes del episodio ya había cambios en las notas, en los amigos o en el ánimo, si parece beber para manejar la ansiedad, la tristeza o algún problema en casa o en el instituto, o si lo combina con otras sustancias o con otras conductas de riesgo. En cualquiera de esos casos, vale la pena hablarlo con su pediatra o su médico de familia.

Una última cosa

Reaccionar con miedo o con rabia es humano. Pero el adolescente que ha llegado borracho a casa también necesita saber que podrá llamaros si alguna noche se ve en peligro, aunque eso suponga reconocer que ha vuelto a meter la pata. Ese vínculo es una de las mejores protecciones que tiene.

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